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El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.7

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El dueño de casa consoló a la mujer, invitándola a quedarse allí hasta que los vecinos la olvidaran, y los oficiales le dieron un poco de dinero para pagarle el costoso servicio prestado. Después los tres hombres abandonaron la sala, y luego de cierta demora partieron, pero Tabby se vio obligada a quedarse en su escondite hasta que las mujeres levantaron la mesa y se pusieron a lavar platos en la cocina, absortas en sus habladurías. Entonces, al fin, la pequeña espía salió arrastrándose en silencio, y tras levantar la ventana con cautela, se alejó corriendo con toda la prisa que le permitían sus piernas entumecidas.
De todos modos, cuando por fin llegó a casa del diácono y le contó lo sucedido, los realistas se hallaban bien lejos, pues Bliss les había proporcionado cabalgaduras para poder huir él mismo con mayor rapidez.
Así que escaparon, pero la alarma estaba dada, y Tabby recibió grandes elogios por la hora pasada bajo la mesa. Los pobladores apresuraron sus preparativos y tuvieron tiempo de trasladar sus pertenencias más preciadas a las aldeas vecinas, preparar el cañón y ejercitar a sus milicianos, pues aquellos decididos campesinos se proponían resistir a la opresión, y el mundo entero sabe qué bien se desempeñaron, una vez llegado el momento.
Fue aquella la primavera más temprana que se veía desde hacía años, y ya el diecinueve de abril los árboles frutales echaban ya sus brotes, crecía el cereal plantado en invierno y los majestuosos olmos que bordeaban el río y las calles de la aldea florecían con rapidez. Parecía una lástima que un mundo tan hermoso fuera a ser turbado por el combate, pero la libertad era más cara que la prosperidad o la paz, de modo que los jóvenes abandonaron sus lechos cuando llegó - el doctor Prescott, cabalgando como si en ello le fuera la vida, para transmitir el mensaje traído por la noche desde Boston, por Paul Revere : "¡A las armas ! ¡ A las armas ! ¡Vienen los ingleses!"
Como una chispa eléctrica, la noticia corrió de casa en casa, y los hombres se aprestaron al combate, mientras las mujeres los alentaban a ponerse en marcha y esforzarse para proteger el tesoro confiado a su custodia. Poco más tarde, llegó la noticia de que los ingleses se hallaban en Lexington y que había tenido lugar un derramamiento de sangre.


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