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El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.6

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No pudo decirles mucho, pues los secretos estaban bien guardados pero de haber sabido que nuestra pequeña rebelde tomaba nota de sus palabras bajó su propia mesa, habría estado menos dis­puesto a traicionar a sus vecinos. Sin embargó, ninguno sospechó que los escuchaban, y Tabby no pudo sino contemplar furiosa esos tres pares de botas embarradas, deseando ser un hombre para poder pelear con sus tres dueños.
Y estuvo a punto de tener una oportunidad de pelear ó escapar, pues en el momento en que se disponían a abandonar la mesa, un súbito estornudo estuvo a punto de traicionarla. Cre­yéndose perdida, ocultó el rostro, preparada para que los soldados furiosos, la arrastraran quizás a una muerte instantánea.
-¿Qué es eso? -exclamó el alférez, durante la súbita pausa que siguió a aquel ruido fatal.
-Fue bajó la mesa -agregó el capitán Brown, mientras levantaba con una manó una punta del mantel.
Tabby se estremeció y contuvo el aliento, con la vista fija en aquella manó oscura y grande, pero en seguida estuvo a punto de reír de gozo, pues el gatito la salvó. Estaba dormitando sobre su falda tibia, y cuando vio levantarse el mantel, supuso que su amó iba a alimentarlo, de modo que se levantó y salió con fuerte ronroneo, la cola erecta y su punta blanca ondeando como una bandera de tregua.
-No es más que el gato, caballeros... Un animalito bueno y que, por suerte para nosotros, no puede informar de nuestra conferencia -declaró el señor Bliss, con aire de alivió, pues se había sobresaltado ante la mera idea de que los espiaran.
-Estornudó como si fuera un consumidor de rapé tan grande como esa vieja que nos in­dicó la casa -rió el alférez cuando todos se incorporaron.
-¡Y aquí viene ahora, como si la persiguieran nuestros granaderos! -agregó el capitán, al oír ruido de pasos y una voz quejumbrosa que se acercaba cada vez más.
Tabby tomó aliento y juró que pediría ó compraría al gato que acababa de salvarla de la destrucción. Después olvidó sus propios aprietos al escuchar a la pobre mujer, quien´ gritaba que sus vecinos le exigían que abandonara el pueblo en seguida, ó ellos la cubrirían de al­quitrán y emplumarían por mostrar a los espías el caminó de la casa de un realista.
"Menos mal que vine a enterarme de sus planes, Q podría verme en situación parecida", se dijo la niña convencida de-que cuanto más riesgos encontrara, mayor heroína sería.


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