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El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.4

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-Pero estorbas. No nos hace falta ayuda ninguna, de modo que más te conviene volver a tu casa antes de que recibas una azotaina. Aquí no queremos chismosas -declaró la vieja Puah, la criada, una solterona avinagrada que simpatizaba con los realistas y proclamaba abiertamente su deseo de que los ingleses aplastaran pronto y bien a los rebeldes yanquis.
La señora Bliss, que estaba en la despensa, no se enteró de esta escaramuza, ya que Tabby se ofendió muchísimo por el mote de "chismosa", pese a saber que los ocupantes de la sala no eran los únicos espías en aquella casa.
-Cuando los echen a todos del pueblo a toques de tambor, y arrasen esta casa, puede que busquen mi ayuda, y ojalá que la obtengan. ¡Buenos días, vieja gruñona! -exclamó la atrevida Tabby, que recogió su cesta y salió de la cocina con la nariz al aire.
Pero al pasar frente a la casa, no pudo resistirse a echar otra mirada a la mesa de la cena, ya que en aquellos días eran pocos los que tenían tiempo ni ánimo para festejar, y rara vez aparecían la mejor mantelería y vajilla. Cuando la niña se asomó por una ventana abierta, algo se movió bajo el largo mantel que llegaba hasta el piso. No era el viento, pues aquel día de marzo era calmo y soleado. En cambio un minuto después un gato gris asomó la cabeza y, ronroneando, salió a recibir a la visitante que lo había despertado de su sueño.
"Donde puede ocultarse ese gato, podré hacerlo yo... ¿Me atreveré? ¿Qué sería de mí si me descubrieran? Pero, ¡qué magnífico si alcanzara a oír lo que traman esos sujetos! Lo haré".
Decidida, por un ruido que se oyó en la pieza contigua, arrojó la cesta entre los arbustos, entró de un ágil brinco y desapareció bajo la mesa, mientras el gatito, con toda calma, se lavaba la cara en el antepecho de la ventana.
Hecho esto, el corazón de Tabby quedó agitado, pero ya era tarde para retroceder, pues en aquel instante entró la señora Bliss, y la pobre niña solamente pudo empequeñecerse lo más posible, bien oculta bajo los largos pliegues que caían por todos los lados desde lo alto de la mesa ancha y anticuada. La charla de las mujeres no le permitió descubrir nada, pues se refería a queso de salvia, ponche de huevo, cerdo asado, y lamentos acerca de una torta quemada.


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