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El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.2

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Al avanzar con su capa, y capucha rojas, deseaba poder distinguirse más aún mediante algún gran acto de heroísmo pues al enterarse de cómo había corrido de noche a la casa del capitán Barret, para, avisarle que el doctor Lee, un realista, acababa de ser descubierto enviando información de ciertos planes secretos al enemigo, el buen párroco Emerson le había palmeado la cabeza diciendo:
-¡Bien hecho, hija mía!
"Haría más que eso, pese a que tuve miedo al cruzar el bosque a oscuras. A esos les gus­taría saber todo lo que yo sé acerca de los depósitos. Pero no se lo diría ni aunque me atra­vesaran con una bayoneta... No les tengo miedo", se dijo la niña, y alzó la cabeza desafiante, al detenerse para pasar la cesta de un brazo al otro.
Pero es evidente que algún temor sentía, porque sus mejillas rubicundas palidecieron y el corazón le dio un vuelco al ver aparecer a dos hombres que se detuvieron bruscamente. Eran forasteros y, pese a que sus vestimentas no lo indicaban así, ella advirtió en seguida que eran soldados; su paso y su actitud los delataban. Además la manera en que tan marciales caballeros se transformaron en inofensivos caballeros avivó en seguida sus sospechas. Después de cambiar algunas palabras en voz baja, los dos se adelantaron balanceando sus bastones; uno silbaba y el otro miraba con atención a uno y otro lado del camino solitario.
-Linda señorita, ¿ puedes decirnos dónde vive el señor Daniel Bliss? -inquirió el más joven, con una sonrisa y una venia.
Tabby se sintió segura de que eran ingleses, pues la voz del desconocido era profunda y plena su cara rubicunda, y el hombre a quien buscaban era un realista bien conocido. Pero sin dar otra señal de alarma que el leve rubor de sus mejillas, repuso cortésmente
-Sí, señor; en aquella dirección.

-Gracias, y te daré un beso de premio -anunció el joven, inclinándose para cumplir lo prometido.
Pero recibió en la oreja un buen golpe de Tabby, que huyó furiosa e indignada.
Ellos mismos siguieron su camino riendo, sin imaginar que la pequeña rebelde se convertiría a su vez en espía y los burlaría. Ella continuó su viaje hasta llegar a casa del diácono Hosmer, donde, luego de cumplir con lo encomendado, agregó la noticia de que acababan de llegar forasteros al pueblo.


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