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La clase de cocina (Louisa May Alcott) - pág.10

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Página 10 de 18


que produjo rencillas domésticas por lo menos en dos familias. Sobre cada plato se
apoyaba una tarjeta, con un nombre nuevo para cada uno de esos manjares
minuciosamente preparados. El pastel de picadillo había sido vuelto a bautizar con el
nombre de ´Pesadilla"; las costeletas de ternera. ´Dispepsia"; la langosta en escalope,
"Retortijones"; el sorbete de limón, "Cólico"; el café, "Palpitación", hasta llegar a la
linda bolsa de confituras, etiquetada con el nombre de "Dolor de muelas".
Grande fue la indignación de las cocineras, que lanzaron una exclamación general
de «Dolor de muelas».
-¿Quién fue?
La pobre criada que las servía, declaró entre lágrimas que nadie había estado allí, y
que ella misma se había ausentado sólo cinco minutos para ir en busca de agua helada.
Florence, considerando que sus invitadas habían sido ofendidas, prometió descubrir al
culpable y castigarlo de la manera más terrible. De modo que las furiosas jovencitas
comieron la merienda antes que se enfriara, pero olvidaron criticar los platos, tan
extrañadas estaban de esa audaz fechoría.
Apenas empezaban a calmarse, cuando un sonoro estornudo provocó una
acometida general hacia el sofá que se hallaba en un nicho del comedor. Sin tardanza,
un muchachito, casi ahogado por la risa contenida y el polvo, fue arrancado de su
escondite y sometido a juicio. Florence era juez, las demás jurado; y el desdichado
jovencito, acorralado en un rincón, recibió la orden de decir la verdad, toda la verdad
y nada más que la verdad, so pena de ser azotado con el gran abanico japonés de
guerra que pendía de la pared.
Tratando en vano de contener la risa Phil enfrentó como un hombre a las siete muchachas,
a quienes dijo lo menos posible, deleitándose al atormentarlas como
muchacho que era.
-¿Sabes quién puso allí esas tarjetas?
-¡Cómo les gustaría saberlo!
-Contesta enseguida, Phil Gordon.
-Sí, lo sé.
-¿Fue Alf ? Está en casa los sábados, y es muy propio de un horrible estudiante de


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