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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.20

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-Me alegro que te guste, porque pensamos hacerte venir muchas veces. A menudo hago de modelo para papá, y me fatigo mucho, y tú podrás hablarme, y luego verme dibujar y modelar con arcilla, y después iremos al jardín y Nanna te enseñará a fabricar cestas, y entonces jugaremos.
Johnny asintió con la cabeza, encantado ante tan maravillosa perspectiva, y exploró durante una hora los misterios del estudio, con Fay como guía y su padre como entretenido espectador. Aquel muchacho le agradaba cada vez más, y se alegraba de ver que Fay contaba con un compañero de juegos tan inofensivo, para gastar en él sus energías y su compasión. Por eso accedió a todos los planes propuestos y esperó poder ayudar realmente a sus vecinos pobres, pues era bondadoso y amaba a su hijita más aún que a su arte.
Cuando por fin la señora Morris reunió valor para llevarse a Johnny, éste obedeció sin una palabra y se acostó en su mísera habitación, con la cara resplandeciente todavía por los pensamientos felices que colmaban su mente, hambrienta de tales placeres y alimentada por primera vez.
Después de aquel día, todo fue como sobre rieles, y Ambos niños florecieron en el bello jardín, donde la magia del amor y la compasión, el aire puro y el sol, no tardaron en obrar milagros. Fay aprendió paciencia y amabilidad de Johnny, que día a día se fortaleció con los mejores alimentos proporcionados por Nanna y el ejercicio que fue tentado a hacer. Los dos pasaron días muy felices trabajando y jugando, a veces debajo de los árboles, donde confeccionaban bonitas cestas, o en el estudio, donde ambos pares de pequeñas manos modelaban preciosos objetos de arcilla o lograban cuadros sorprendentes con los pinceles viejos y telas abandonadas por el pintor.
La señora Morris lavaba todo lo que había para lavar en la casa, y con tanto esmero arregló los vestidos de Fay, que ésta se pareció más que nunca a un duendecillo, con su cabeza surgiendo de los encajes, como el centro amarillo de una margarita con sus pétalos blancos alrededor.
Al contemplar los juegos de los niños, el artista, que no tenía entre manos ningún trabajo grande, higo varios bonitos esbozos de ellos, y después se le ocurrió la buena idea de pintar la escena del jardín, donde Fay conversara con Johnny por primera vez.


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