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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.19

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.. Y con gusto daremos al pobrecito lo mejor que tenemos, porque es tan inocente y desvalido como ellos.
-¿A qué se refiere? -susurró Johnny a Fay, algo avergonzado por haber olvidado sus buenos modales en la satisfacción producida por tres jarros colmados de buena leche.
De modo que, sentada a su lado en el gran sillón rústico, Fay le contó la bonita historia de los corderos que son dedicados a Santa Inés, con cintas atadas a su lana, y luego criados con cuidado hasta que se los esquila a fin de confeccionar vestiduras para el Papa. La niña pensó que el relato era apropiado para el día, y siguió contando las maravillas de Roma hasta que a Johnny le quedó la cabeza repleta con una espléndida confusión de ideas nuevas, donde se mezclaban deliciosamente San Pedro y las tortas de manzana, corderos sagrados y puertas rojas, antiguas imágenes y bondadosas niñas. Todo aquello parecía un cuento de hadas; nada resultaba demasiado maravilloso o encantador para suceder en aquel día memorable.
De modo que, cuando al fin apareció papá, que halló imposible permanecer más tiempo apartado del feliz grupo, Johnny decidió al punto que aquel hombre tan bien plantado, con chaqueta de terciopelo, era el rey del país encantado, de modo que lo miró con asombro y reverencia. Y resultó ser un rey de lo más benigno, puesto que después de dirigirse amablemente a la señora Morris y bromear con Fay por haber derribado los muros, propuso llevar a Johnny. Y, en efecto, lo levantó y partió lle­vando al atónito muchacho cobre un hombro, mientras la niña se adelantaba, bailando, para abrir puertas y despejar el camino.
Johnny no creía poder sorprenderse más, pero ´una vez que subió muchas escaleras y se encontró en un gran salón con techo de cristal, lleno de suntuosas cortinas, extrañas armaduras, cosas bonitas y cuadros por todas partes, no pudo hacer otra cosa que permanecer sentado en el gran sillón donde lo instalaron y observar con silencioso deleite.
-Este es el estudio de papá, y aquél el famoso cuadro, y aquí e§ donde trabajo yo. ¿No te parece agradable? ¿No te alegra verlo?.exclamó Fay, mientras se deslizaba de un lado a otro para hacer los honores de la casa.
-No creo que el cielo sea más hermoso -repuso Johnny en voz baja, mientras su mi­rada iba de las verdes copas de árboles que asomaban por las ventanas, al vasto cuadro que representaba un jardín romano, con niños que jugaban entre las estatuas y fuentes en ruinas.


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