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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.18

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Ni Johnny ni su madre olvidaron jamás aquel día feliz, que fue el principio de la esperanza para ambos, en el preciso momento en que la vida parecía más difícil y el futuro se presentaba más sombrío. Aunque se mantuvo oculto, papá contempló al pequeño grupo sentado bajo los castaños. Con gracia y habilidad italianas, Nanna y Fay hicieron los honores del jardín a sus invitados, mientras la madre, llena de una felicidad inexpresable, unía sus manos, y el muchacho parecía un alma feliz en el paraíso.
El silencio dominical, interrumpido solamente por los sones de las campanas y el ruido de pasos de los feligreses, cubría la ciudad; el sol lanzaba sombras doradas sobre el césped ; el suave viento traía aromas primaverales del bosque, y cada flor parecía hacer señas, como si dieran la bienvenida al nuevo compañero de juegos.
Mientras las mujeres conversaban, Fay condujo a Johnny por su pequeño mundo, mostrándole sus refugios favoritos y haciéndolo descansar a menudo en los bancos que se encontraban por doquier, mientras lo divertía enormemente contándole las fantasías con que entretenía su soledad.
-Ahora será mucho más lindo, porque tú me contarás las tuyas y podremos hacer grandes cosas -declaró, una vez que le mostró su gran caballo de hamaca,. su gruta llena de helechos, su mar fingido, donde una flota de barcos de juguete permanecía anclada en la cuenca de una antigua fuente; su país de las hadas entre las lilas, con duendes de papel sentados entre las hojas; su hamaca, que la lanzaba muy alto entre las ramas verdes, y la cesta de gatitos blancos, donde Topacio, la gata de ojos amarillos, ronroneaba ahora con orgullo maternal. Sobre la mesa rústica se apilaban libros, así como todos los cuadros que Fay consideraba dignos de ser vistos.
También apareció aquí un buen almuerzo, antes de que los visitantes alcanzaran a recordar que era mediodía y despedirse. Johnny jamás había comido tan maravillosas uvas y naranjas, tan deliciosas tartas y platos italianos de varias clases; el mismo pan con manteca parecía realzado, servido así en una fuente adornada de hojas, y cortado en pulcros pedacitos. Un café que perfumaba el aire reanimó a la pobre señora Morris, que se privaba para que se alimentara su hijo, y él bebió leche hasta que Nanna, mientras volvía a llenar la jarra, comentó riendo:
-Traga más que los dos corderos benditos que solíamos alimentar para Santa Inés en el convento, allá en nuestro país.


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