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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.16

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Aunque hay poco tiempo, es posible hacerlo, y para demostrarte que va en serio, iré a comenzar el trabajo en este mismo instante. Ve a lavarte la cara mientras me pongo las botas, y luego iremos juntos...
Al oír esas palabras, Fay rodeó con sus brazos el cuello de su padre, y lo besó muchas veces, agradecida, deteniéndose luego para preguntar:
-¿Ahora, de veras?
-Ya verás si es así o no...
.Y, dejándola en el suelo, papá se puso en marcha a grandes pasos, mientras ella, riendo, corría tras él, calmadas sus dudas por tan agradable energía de su parte.
De no haber estado dormido en el cuarto del fondo, Johnny habría presenciado un espectáculo extraño y placentero durante esa tarde y el anochecer, pues lo sucedido en la calleja_ encantó a su madre, divirtió al artista e hizo de Fay la niña más feliz de Boston. Nadie debía revelarlo hasta el día siguiente, de modo que la sorpresa de Johnny resultara perfecta, y la señora Morris permaneció levantada hasta las once para prepararle sus viejas ropas, porque el padre de Fay, al visitarla, hablase interesado en el muchacho, sin poderlo evitar, al ver su carita paciente.
Por eso los martillos resonaron, las lianas rasparon, las palas cavaron, y se efectuaron maravillosos cambios, mientras Fay danzaba, alrededor, bajo la luz de la luna, como un Puck decidido a una linda travesura, y papá citó las palabras de despedida del calderero Snout1 que consideró apropiadas para el momento
"De este modo yo, el Muro, representé mi papel; y, una vez cumplido, el Muro así se va".
III

La hermosa mañana dominical amaneció sin una nube; hasta en la sombría calleja brilló un cálido sol de mayo, y frescas brisas primaverales soplaron desde los lejanos prados. Johnny pidió salir, y como estaba mucho mejor, su madre consintió y lo ayudó a vestirse con expresión tan luminosa y manos tan prestas, que el muchacho dijo con inocencia:
-¡Cómo te alegras cuando mejoro! No sé qué harías si llegara a curarme.
-Pobre hijo mío, empiezo a pensar que sí te curarás, ahora que llegó el buen tiempo y tienes una amiguita con quien jugar, Dios la bendiga...
El no comprendió por qué motivo su madre lo abrazó súbitamente, para luego alisarle el cabello con lágrimas en los ojos, pero tanta prisa tenía por salir, que sólo pudo besarla bien y partir cojeando a ver el estado de su galería después de la lluvia y gozar de una buena ojeada al jardín encantado.


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