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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.12

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El se apresuró a prometerlo, para agregar un minuto más tarde, con sobriedad:
-Mamá dice que teme que para mí sea excesivo andar, subir escalones y ver cosas nuevas, pues me canso con facilidad y entonces viene el dolor. Pero no importa si puedo ver los cuadros... y a ti.
-¿Nunca mejorarás? Nanna cree que quizás sí.
-Mamá también lo cree, si tuviéramos dinero. para ir al campo, comer cosas buenas y pagar a un médico... Pero como no podemos, de nada vale preocuparse -suspiró Johnny.
-Ojalá papá fuera rico, así podría darte dinero. Trabaja duro para reunir lo suficiente para volver a Italia, así que no puedo pedírselo, pero quizás pueda vender mis cuadros y ganar un poco. Los amigos de papá suelen ofrecerme dulces, a cambio de besos; yo pediré dinero, y así podré ayudarte. Sí, lo haré -repitió Fay,. palmoteando decidida.
-No pienses en ello... Aprenderé a arreglar zapatos; el señor Pegget dice que me enseñará. Para eso no hacen falta piernas y se gana lo bastante como para vivir muy bien.
-No es un lindo trabajo... Nanna puede enseñarte a trenzar mimbre, como hacía´ en nuestro país; eso es lindo y fácil, y, según dice ella, las cestas se venden muy bien. Le hablaré al respecto y tú podrás intentarlo mañana, cuando vengas.
-Lo haré. Entonces, ¿crees tú que puedo ir? -preguntó Johnny, mientras se incorporaba
para probar las piernas, pues temía lo que le parecía una larga caminata.
-Iré ahora mismo a preguntárselo a papá...
Fay se alejó volando, para volver con un alegre "¡Sí!" que envió a Johnny, cojeando, en busca de su madre, para rogarle que remendara los codos de su única chaqueta, porque súbitamente, tan harapientas le parecían sus ropas que temía mostrarse así ante los vecinos que tanto anhelaba ver. -¡Viva! Mañana iré, de veras. Y tú también, mamacita querida -gritó el muchacho, agitando su muleta con tal vigor, que resbaló y cayó-. No importa; estoy habituado. Ponme de pie, que descansaré mientras conversamos -agregó con animación, mientras su madre lo ayudaba a llegar a la cama, donde olvidó su dolor al pensar en las maravillas que lo esperaban.
El día siguiente, Fay acudió temprano a la abertura del muro, pero Johnny no apareció; y cuando Nanna fue a ver qué le ocurría, regresó con la triste noticia de que el pobrecito estaba muy dolorido y no podría moverse por varios días.


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