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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.7

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Cerca de la Princesa velase una cesta llena de naranjas; de una rama del árbol pendía una cortina a rayas que atajaba el viento, y ante los ojos anhelantes de Johnny se agitaban tentadoras las hojas de varios libros ilustrados.
"¡Oh, si pudiera entrar a comer eso, a leer eso, hablar con ellas y ver tantas cosas espléndidas !" -pensaba el pobre niño que, contemplando tanta maravilla, sentíase privado de todas-. "No puedo entrar a despertarla como el Príncipe, pero ojalá se levantara e hiciera algo, ahora que puedo verla. No me atrevo a arrojar una piedra, que podría golpear a alguien... ni a gritar; la asustaría. Minino no quiere ayudarme, y los gorriones están muy atareados disputando entre sí... ¡Ya sé ! Remontaré un barrilete, que por lo menos le gustará. No creo que tenga barrilete..., las niñas no suelen tenerlos.
Ansioso por llevar su plan a cabo, Johnny ató una larga cuerda a su más vistoso cartel; después lo ató a la vara que solía utilizar para pescar en el tonel de agua y lo levantó para que recibiera las frescas brisas que soplaban por la calleja. Su buen amigo, el viento, que no tardó en captar la idea, lanzó un fuerte soplido que arrojó por encima del muro el papel rojo, lo colgó un momento en un árbol y lo dejó caer al fin entre los tulipanes, donde sus frenéticos intentos de escapar despertaron al perro, pro­vocando sus carreras y ladridos, mientras Johnny se apresuraba a soltar la cuerda y aplicar el ojo a la mira.
La Princesa, que ya tenía los ojos bien abiertos, palmoteó cuando Pippo le trajo la vistosa ilustración para que la viera, mientras la anciana bostezaba y se alejaba, llevando la rueca como un fusil al hombro.
-¡Le gusta ! ¡Cuánto me alegro!... Ojalá
tuviera más para enviarle. Esta se despegará..., la pasaré del otro lado, y quizás ella la vea.
Sumamente excitado, Johnny arrancó de la pared, sin pensarlo dos veces, su más preciada ilustración, un alegre ramillete que acababa de colocar. Lo dobló, lo pasó por la abertura y esperó a ver qué ocurría.
No hubo más que un susurro, un ladrido, y un extraño graznido del ave espléndida, que provocó dulces trinos de los canarios.
-Si no la ve, quizás oiga -murmuró Johnny, que se puso a silbar como un ruiseñor.


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