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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.6

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Su madre sonrió al ver su energía; luego suspiró mientras, apesadumbrada, planchaba sus encajes.
"Pobrecito; si gozara de salud, ya se abriría paso en el mundo -murmuró-. Pero ahora, mientras viva, se encontrará con un muro por delante, y nadie que lo ayude".
Minino permaneció indiferente, contemplando la escena, pero sin ofrecer consejo. El sapo que habitaba debajo del barril de agua brincó tras unas hojas del tallo, como si fuera Jack dispuesto a trepar, y en ese momento las campanas de mediodía comenzaron a redoblar como si cantaran con voz sonora y clara: "¡Vuelve, Whittington, Alcalde de Londres!"
Así animado por sus amigos, Johnny raspó y cavó vigorosamente hasta que el ladrillo viejo cayó y apareció otro detrás. Luego de una pausa para tomar aliento, recogió su maleta y con dos o tres buenos golpes, no tardó en des
pejar el camino, de modo que el sol brilló por la abertura, mientras el viento agitaba los lirios como estandartes de triunfo y los gorriones gorjeaban alegremente: "¡Aquí llega el héroe conquistador !"
Algo asustado por tan inesperado éxito, el muchacho permaneció un momento en silencio, a ver qué ocurría. Pero todo seguía tranquilo, de modo que poco después, con el corazón agitado, se inclinó para contemplar el anhelado espectáculo. Aunque no alcanzó a ver gran cosa, ese poco acrecentó su curiosidad y su gozo, pues le parecía ver un país mágico, después del polvo, el ruido y las míseras viviendas de su calleja.
Un macizo de tulipanes lucía sus vistosas vestiduras en medio de un cantero; una ave extraña y brillante se alisaba las plumas dentro de una jaula dorada; un perrito blanco dormitaba al sol, y sobre una alfombra roja, bajo los árboles, la Princesa dormía un sueño profundo.
"Todo va bien -suspiró Johnny, complacido-. Sin duda alguna, esa es la Bella Dur­miente. Allí está su vestido azul..., su capa de piel blanca que la envuelve..., su hermosa cabellera... y.. sí; allí está la vieja ama, que cose y mueve la cabeza, tal como en el libro ilustrado que me regaló mamá cuando lloré por no poder ir a ver la obra".
Este último descubrimiento dejó de veras perplejo a Johnny y le hizo pensar que los cuentos de hadas podían ser realmente verdaderos, al fin y al cabo, puesto que, ¿cómo iba a saber él que la desconocida era una criada italiana, en ropaje típico y con una rueca en la mano? Después de una pausa durante la cual se frotó los ojos, volvió a mirar, y entonces, moviendo la cabeza, hizo nuevos descubrimientos.


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