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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.5

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En ese momento, la brisa traía por encima del muro una fragancia deliciosa, como de flores, y el pobre muchacho imaginó maravillas indescriptibles detrás del muro cruel, mientras cuidaba los dientes de león que su madre le traía desde el campo común, cada vez que tenía tiempo de recogerlos, porque él amaba las flores y trataba de fabricarlas con papel coloreado, ya que no podía obtener las más bellas.
De vez en cuando, un suave rumor excitaba su curiosidad, a tal extremo que en una ocasión cojeó penosamente por la calleja hasta que pudo ver entre los árboles, y sus ojos ávidos alcanzaron a divisar un pequeño ser, todo de azul, blanco y dorado, que lo espiaba desde las verdes hojas, lo saludó con la cabeza e intentó arrojarle un ramo de flores de castaño. Con indecible deleite, él le tendió las manos, olvidando sus maletas, y habría caído de no haberse tomado de una persiana, con tanta. rapidez que se torció la espalda enferma. Cuando volvió a levantar la vista, el hada había desaparecido y no se veía. otra cosa que las hojas que danzaban al viento.
Johnny no se atrevió a repetir el intento por temor de caer, y cada paso le costó una punzada de dolor, pero -nunca lo olvidó y en ello pensaba mientras, sentado, contemplaba el muro, aquel memorable día de mayo.
-¡Cuánto me gustaría asomarme a ver cómo es realmente todo eso! A juzgar por los ruidos y los aromas, es muy lindo. Sé que debe ser espléndido. Oye, minino, dime qué ves... Johnny lo dijo riendo, y el gato blanco ronroneó cortésmente, pues le agradaba ese muchacho que nunca le arrojaba piedras ni turbaba sus sueños. Pero el felino no podía describir las bellezas de aquel feliz territorio de juegos, de modo que para consolarse por aquella desilusión, Johnny volvió a su nueva ilustración.
-Y si este personaje de la obra se abrió paso por una muralla de tres metros de espesor, y con un clavo enmohecido y un cuchillo roto, no sé por qué no podría yo retirar un ladrillo y echar una ojeada... Allá está todo en silencio ahora; este es un buen lugar, y si pego una ilustración encima del agujero, nadie se dará cuenta. Lo intentaré..., ¡claro que sí!
Entusiasmado con la idea de representar "El Conde de Montecristo" en pequeña escala, Johnny tomó las viejas tijeras que tenía sobre las rodillas y empezó a cavar la mezcla alrededor del ladrillo que, ya flojo, se deshacía en las puntas.


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