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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.4

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-¡Este rojo sí que es bonito! ¿Dónde lo pondré para que sea mejor sin estropear las demás bellezas?
Al hablar, Johnny dio vuelta su silla y contempló su galería con tanto orgullo y satisfacción como si encerrara todas las maravillas del arte.
Y en realidad, era bastante espléndida, pues lucía al sol toda clase de cuadros sonrientes damas, escenas trágicas, desfiles circenses y etiquetas de envases rosados tomates, duraznos amarillos y ciruelas purpúreas; cómicos anuncios y alegres avisos de todas clases. Ninguno era perfecto, pero estaban acomodados con cuidado, y Johnny consideraba muy lindo el efecto.
No tardó en llevar la mirada de estos tesoros a los arbustos en flor que asomaban tentadores por sobre el muro. En la parte superior crecía una vid que intentaba ocultar las agudas picas; sobre ella los lirios arrojaban sus penachos purpúreos, y encima de todos se elevaban varios altos castaños, cuyas anchas hojas constituían verdes carpas, donde empezaban a aparecer los capullos, como velas en un enorme árbol de Navidad. Por todas partes gorjeaban alegremente los gorriones; el gato blanco, con un moño azul nuevo, se calentaba al sol sobre el muro, mientras una dulce voz surgía de las profundidades del jardín encantado, cantando
-Y te invita a venir,
con tu hoyuelo en la barbilla,
Billy, muchacho, Billy, muchacho.
Al oírla, Johnny sonrió y se llevó un dedo _a la pequeña depresión de su propia barbilla, deseando que la cantante concluyera tan agradable canción. Pero nunca lo hacía, pese a que él la oía a menudo, entre otras cantilenas infantiles, cantadas por la misma voz alegre, entre estallidos de risa y el rumor de ágiles pies que recorrían de un lado a otro los senderos entablados. Johnny anhelaba intensamente saber quién era la que cantaba, pues con su música alegraba su soledad, y los misteriosos rumores del jardín acrecentaban día a día su ansia y su curiosidad.
A veces, una voz masculina llamaba:
-Fay, ¿dónde estás?
Y Johnny estaba seguro de que "Fay" era el nombre de una hada. A menudo se oía otra voz, que hablaba en un idioma extraño y suave, lleno de exclamaciones y sonidos agradables. Un perrito que ladraba, respondía al nombre de Pippo. Los canarios cantaban con alegría, y cierta ave misteriosa regañaba, gritaba y reía de manera tan similar a un ser humano, que Johnny experimentaba la seguridad de que alguna magia se llevaba a cabo en la casa contigua.


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