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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott) - pág.2

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Caras, animales, gentes, grandes letras..., todo vino a animar al muchacho, que nunca se cansaba de coleccionar tales objetos. Recortaba las ilustraciones grandes para pegarlas en la pared con los restos del almidón de su madre, y las más pequeñas, en la carpeta de recortes que preparó con papel resistente de envolver o de diario, después de haber leído minuciosamente estos últimos. Pronto la pared quedó muy adornada, puesto que su madre, parada en una silla, lo ayudó a fijar arriba los recortes grandes, una vez que Johnny cubrió todo el espacio a su alcance. A estos libros los guardaba cuidadosamente en caldera, después de plancharlos bien y numerarlos con letras pegadas en el lomo. Esta era !a biblioteca circulante, pues no solamente los diarios recorrían la callejuela, sino que los libros confeccionados después con ellos, iban de mano en mano de los vecinos hasta gastarse.
El viejo zapatero remendón de al lado gustaba leer las anécdotas el domingo, cuando no trabajaba; la pálida costurera de arriba solía contemplar los anuncios de las cosas bellas que anhelaba; y Patsey Flynn, el vendedor de diarios que todos los días iba a venderlos a la estación, se detenía a menudo a observar los programas, pues adoraba el teatro y entretenía a Johnny con descripciones de los esplendores que allí se presenciaban, hasta que experimentaba la sensación de haber conocido realmente a todos los actores famosos, desde Humpty Dumpty hasta el gran Salvini. De vez en cuando, una pandilla de niños sucios entraba en la callejuela, pidiendo ver los "bonitos cuadros". Entonces Johnny, orgulloso y feliz, armado con una vara de colgar la ropa, señalaba y explicaba las bellezas de su galería, sintiéndose un benefactor público cuando los pobres niños le agradecían calurosamente y le prometían volver trayendo todos los diarios vistosos que pudieran encontrar.
Estos eran los placeres de Johnny, que en cambio tenía dos: penas : una muy real, la de su espalda dolorida; y la otra, un ansia infantil de trepar el muro y ver qué había del otro lado, pues al pobre niño le parecía un sitio maravilloso y atractivo, encerrado como estaba en aquella lúgubre calleja, sin compañeros de juego y con escasos consuelos.
Se entretenía imaginando cómo sería del otro lado, y casi todas las noches agregaba algún nuevo encanto a ese territorio nunca visto, cuando su madre le contaba cuentos de hadas para hacerlo dormir.


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