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Un hueco en la pared (Louisa May Alcott)

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UN HUECO EN LA PARED
LOUISA M. ALCOTT


I
Si alguien hubiera preguntado a Johnny Morris quiénes eran sus mejores amigos, habría respondido:
-Después de mamá, el sol y el viento.
Johnny habitaba en una callejuela que surgía de una de las calles más transitadas de la ciudad; una calle bulliciosa, donde tintineaban las campanillas de los tranvías tirados por caballos y los ómnibus iban y venían todo el día desde varios grandes depósitos cercanos. La calleja era incolora, con sólo dos o tres casas destartaladas y un alto muro liso al fondo.
La gente que por allí pasaba iba demasiado atareada para hacer otra cosa que echar una mirada al muchachito cojo, sentado al sol, contra la pared; o para adivinar que en él lugar existían una galería de cuadros y una biblioteca circulante. Pero Johnny tenía una y otra, y tanto se consolaba con ellas, que no alcanzaba a agradecer bastante al viento que le había llevado sus libros y sus cuadros, ni al sol que le permitía aprovecharlas al aire libre, mucho más que los ricos gozan de sus hermosas galerías y bibliotecas.
Meses antes del comienzo de este relato, Johnny cayó con tan mala suerte, que sus pobres piernas quedaron casi inútiles, y ese muchacho vivaz y sonrosado se convirtió en un inválido. Su madre se dedicó a lavar ropas y trabajó con ahínco para pagar las cuentas del médico y para alimentar y vestir a su hijo, que ya no podía hacer mandados, ayudarla a transportar las pesadas tinas ni ir a la escuela. Lo único que podía hacer, era elegir encajes para que ella planchara, permanecer durante horas tendido en su cama, y todos los días templados, cojear hasta sentarse en una sillita vieja entre la pipa del agua y la olla de latón agrietado donde guardaba su biblioteca.
Pero pese a la pobreza y el dolor, era un muchacho feliz. El día en que una fuerte ráfaga arrastró a sus pies fragmentos de un vistoso cartel y un periódico sucio fue el principio de la buena suerte para el paciente Johnny. Del otro lado, en la calle, había un teatro, de modo que le llegaron más trozos ilustrados, ya que al viento caprichoso le agradaba arrebatar los papeles por la esquina y perseguirlos aquí y allá, hasta que se asentaban debajo de la silla o volaban locamente por encima del muro.


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