Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.151
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Daisy reclinaba la cabeza en el regazo materno, Medio-Brooke estrechaba una mano de su madre, y, de vez en cuando, la miraba como diciéndole:
-¡No te aflijas, mamá; aquí estoy yo!
La viuda, entre aquellas muestras de simpatía y cariño, comprendió que, como su marido, estaba obligada a vivir para los demás.
Aquella noche, cuando los niños de Plumfield estaban, según costumbre, sentados en la escalera, alumbrados por la luz de una apacible noche de septiembre, la conversación recayó sobre el suceso del día.
Emil exclamó impetuosamente:
-Tío Fritz es el más sabio; tío Laurie el más ingenioso y divertido; pero tío John era el más bueno.
-Verdad. ¿Oyeron lo que le decían hoy unos caballeros a abuelito?... ¡Ojalá todos digan lo mismo de mí, cuando yo muera!... -murmuró Franz.
-No era rico, ¿verdad? -preguntó Jack.
-No.
-¿Nunca hizo nada que llamase la atención?
-No.
-¿No era nada más que bueno?...
-Nada más.
Franz, al ver el desencanto de Jack, lamentó que tío John no hubiese realizado algo estupendo.
-¡Nada más que bueno! ¡John Brooke sólo fue bueno! -intervino el señor Bhaer-. Sepan por qué todos le honraban y querían y por qué prefirió ser bueno a ser rico o famoso. Cumplía sencillamente con su deber, siempre y en todas las ocasiones, viviendo satisfecho y feliz en medio de la pobreza, del aislamiento y del trabajo. Era buen hijo y renunció a ambiciones personales por no separarse de su madre. Era buen amigo y enseñó a tío Laurie el griego, el latín y muchas cosas más, aparte del ejemplo de una vida honrada. Era obediente, inteligente, adicto y leal. Era buen esposo, y buen padre, tan amante de su familia que supo sacrificarse por ella.
Papá Bhaer siguió en tono más sereno y conmovido:
-Cuando agonizaba, le dije: "No te inquietes por Meg, ni por los niños; me encargo de que nada les falte". Sonrió, me estrechó la mano y me contestó risueño como siempre: "No te molestes, nada les faltará, ya lo he previsto". Efectivamente, cuando vimos sus papeles, los encontramos en orden; no tenía deudas, y con los ahorros que deja hay suficiente para que Meg y los niños puedan vivir con comodidad e independencia. Entonces comprendimos porqué vivió siempre modestísimamente, rehusándose todas las satisfacciones, excepto las de la caridad; entonces comprendimos por qué había trabajado tanto, lo que hacía temer por su salud y su existencia.
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