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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.101

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Anduvieron un poco más, y tropezaron con el sombrero de Nan; al fin, tras nuevas pesquisas, dieron con los niños, que estaban durmiendo. Nunca olvidó Dan el cuadro que su linterna alumbró. Imaginó que mamá Bhaer rompería a llorar; pero la señora sólo dijo: ¡Hum!... levantando suavemente el delantal de Nan, para ver el rostro del niño dormido. Rob tenía los labios entreabiertos y teñidos por zumo de moras, alborotado el cabello, y, en las sucias manecitas, apretaba la cacerola, llena aún de fruto.
Aquel espectáculo y la emoción de las angustias pasadas perturbaron a tía Jo, que, abrazándose estrechamente a su hijo, rompió a llorar. El chiquitín se despertó desconcertado, pero al recordar lo sucedido, gritó, abrazando a su madre:
-Ya sabía yo que vendrías. ¡Me hacías falta!...
Durante un rato, se besaron y acariciaron, olvidándose de todo. Por más traviesos que sean los hijos, las madres los perdonan y olvidan todo al estrecharlos en sus amantes brazos. ¡Feliz el hijo que tiene siempre confianza absoluta en su madre y paga con abnegación y cariño el amor maternal!
Dan, entretanto, con dulzura sólo empleada al tratar con Teddy, despertó a Nan y la tranquilizó. La muchachita rompió a llorar de alegría al verse entre los suyos, después del miedo y las angustias pasadas.
-¡Pobre hija mía, no llores! Ya estás a salvo, y nadie te reñirá esta noche -le dijo tía Jo, acariciándola y cobijando a ambos niños como gallina a extraviados polluelos bajo las protectoras alas.
-Yo he tenido la culpa; pero estoy muy arrepentida. Ofrecí cuidara Rob, y lo tapé, y lo dejé dormir, y a pesar de tener hambre no me comí sus moras... Pero estoy muy arrepentida... Nunca más lo volveré a hacer... ¡Nunca! ¡Nunca!...-exclamó Nan, llorando, alegre y compungida al mismo tiempo. -Dan, llama a los demás y vámonos -ordenó tía Jo.
Saltó la cerca el muchacho y lanzó un jubiloso grito de "¡Aquí están!", que repercutió en el valle.
Emprendióse el regreso. Franz se adelantó en el caballejo, para llevar cuanto antes la noticia a casa; Dan rompía la marcha sobre el borriquito; luego iba Nan en los robustos brazos de Silas, que no dejó de burlarse de sus travesuras; detrás iba papá Bhaer, que no quiso ceder a nadie el dulce trabajo de llevar en brazos a Rob; el chiquitín, completamente despabilado, hablaba con alegría, juzgándose un héroe; la madre no se apartaba de él, tomada de sus manos y cambiando cariñosos besos, complaciéndose en oírle decir: "Ya sabía yo que mamá vendría a buscarme"; o aceptando alguna mora que el pequeño le ofrecía y le hacía comer: "Porque las había juntado todas para mamá».


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