Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.50
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-Sí.
-¿Porqué desobedeciste mis órdenes?...
-Si no aprenden a luchar van a ser unos flojos.
-Je ha parecido un flojo, Emil? -preguntó papá Bhaer, poniendo a los chicos frente a frente. Dan tenía un ojo acardenalado y la chaqueta hecha jirones; Emil tenía ensangrentado un labio, magullada la nariz y un chichón en la frente: sin embargo, miraba a su rival con ganas de renovar la pelea.
-Si aprendiera a luchar, sería un enemigo terrible ~contestó Dan, incapaz de regatear elogios al adversario que le había obligado a desplegar todos sus recursos.
-Aprenderá esgrima y boxeo cuando sea hora, y hasta entonces, podrá pasarlo muy bien sin recibir lecciones a moquete limpio. Lávense la cara; y tú, Dan, si vuelves a desobedecer mis órdenes, te marcharás de aquí. Esto es lo que se convino. Ya sabremos, si llega el caso, pasarnos sin ti.
Salieron los chicos, y, tras breve exhortación a los espectadores, marchó papá Bhaer a curar las heridas de los incipientes gladiadores. Emil se acostó sintiéndose enfermo, y Dan, durante una semana, tuvo el rostro desfigurado.
Pero el rebelde muchacho no pensaba en obedecer, y pronto cometió una nueva fechoría.
Un sábado por la tarde, mientras los otros chicos se fueron a jugar, propuso a Tommy:
-¿Quieres que vayamos al arroyo y cortemos un haz de cañas nuevas para pescar?... -Bueno, y nos llevamos al borrico para que las traiga, y uno de nosotros puede montarse -indicó Zampa-bollos, enemigo de andar.
-Ya supongo que el que se montará serás tú, patas de lana; pero, en fin, vamos -exclamó Dan.
Salieron, cortaron las cañas y emprendieron el regreso. Entonces, desgraciadamente, viendo a Tommy cabalgar sobre el animalito, empuñando una larga caña, se le ocurrió decir a Medio-Brooke:
-Pareces picador de toros; no te hace falta más que el traje.
-Me gustaría encontrarme con un toro -murmuró Tommy, abrazando la garrocha.
-Cerca tenemos uno; en mitad del prado tienes a la vieja "Su iza", anda y acósala -insinuó Dan.
-De ningún modo -gritó Medio-Brooke, desconfiado. -¿Porqué no, cobardote? -preguntó Dan.
-Porque no le agradará a papá Bhaer.
-¿Has oído que nos prohiba celebrar corridas de toros?...
-No.
-Pues entonces, cállate. Anda, Tommy, casualmente tengo un trapo rojo que me servirá de capote de lidia para hacer los quites -dijo Dan, saltando la cerca del prado.
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