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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.49

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Los señores Bhaer sorprendidos y ansiosos esperaban que el trato y la influencia de los tres niños beneficiarían a Dan, sin daño para nadie.
Dan notaba que tenían poca confianza en él, y en vez de procurar inspirarla, se complacía en mostrarse peor de lo que era, en defraudar las esperanzas de sus protectores y en irritarlos.
Papá Bhaer no consentía la lucha, por no considerar como ejercicio varonil ni como prueba de valor el que dos chicos se zurrasen mutuamente para diversión de los demás. Toleraba toda clase de juegos y ejercicios arriesgados, pero se oponía a que, por pasatiempo, los muchachos se estropeasen los ojos o las narices a puñadas.
Dan se reía de la prohibición, y se complacía en hablar de su valor y de las refriegas en que había intervenido, y tan entusiastas eran las descripciones, que los oyentes sentíanse inflamados de ardores bélicos.
-Guárdenme el secreto y les enseñaré a luchar -dijo Dan.
Y reuniendo a media docena de condiscípulos tras el henil, les dio una lección de boxeo que dejó satisfechos a casi todos. Emil, sin embargo, no se resignaba a reconocer la superioridad de su camarada más joven-porque Emil había cumplido catorce años y era el gallito de la casa- y desafió a Dan. Este aceptó, y todos les rodearon interesados. Sin duda, "el pajarito verde" llevó al maestro el cuento de lo que estaba sucediendo, porque en lo más áspero de la refriega, cuando Dan y Emil peleaban como embravecidos cachorros alanos, y cuando los demás los excitaban fieramente, apareció papá Bhaer, que separó a los combatientes con mano vigorosa, y exclamó con acento solemne:
-¡No puedo consentir esto! ¡Deténganse inmediatamente y que jamás vuelva a repetirse este espectáculo! Yo tengo escuela para niños, no para bestias salvajes.
-Que me suelten y volveré a zurrarlo de firme -voceó Dan, pugnando por desasirse.
-¡Ven aquí! ¡Ven aquí! ¡Todavía no te he dado! -gritó Emil, que había caído cinco veces por tierra y no se daba cuenta de los golpes recibidos.
-Estaban haciendo de gladiadores... lo mismo que los romanos ­observó Medio-Brooke, con los ojos desencajados por la excitación.
-Los romanos eran unos grandísimos brutos; creo que desde entonces hemos aprendido algo y no consiento que mi casa se convierta en Coliseo. ¿Quién propuso esto?
-Dan -dijeron varios niños.
-¿No sabías que estaba prohibido?.


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