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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.46

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Bhaer;
entonces resolveremos en definitiva indicó la tía Jo, hallando algo embarazoso seguir la conversación con aquel chico que la miraba con sus negros y grandes ojos llenos de una expresión dura, recelosa, triste e impropia de la infancia.
-Vamos, Nat -exclamó el nuevo huésped, alejándose. -Muchas gracias, señora -murmuró Nat abandonando el cuarto y comparando el recibimiento que le hicieran y el que se hacía a su amiguito. Luego, exclamó-: Los compañeros están en el granero, jugando
al circo, ¿quieres venir?
-¿Son chicos mayores que yo?...
-No; los mayores están pescando.
-Pues vamos.
Nat lo llevó al granero y lo presentó a la tropa menuda, que estaba
divirtiéndose en las trojes medio vacías. Sobre el piso habían trazado un ancho círculo; en el centro estaba Medio-Brooke empuñando un látigo; Tommy montado sobre el pacífico jumentillo, hacía cabriolas y brincaba imitando a un mono amaestrado.
-La entrada cuesta un alfiler dijo Zampa-bollos, que se hallaba junto a la puerta, teniendo al lado la carretilla que servía de tribuna a la música, representada por Ned, que soplaba un peine cubierto con papel de seda, y por Rob, que golpeaba furiosamente un calderito.
-Este es un convidado y yo pago por él -dijo Nat, clavando generosa
mente dos alfileres torcidos en la penca que hacía de caja de caudales.
Los nuevos espectadores saludaron con un gesto a la compañía y se sentaron sobre unas tablas. La función continuó. Cuando el mono amaestrado concluyó sus ejercicios, Ned desempeñó un número de saltos sobre una silla vieja y trepó ágilmente por varias escaleras. Medio-Brooke bailó gravemente. Nat fue designado para luchar con Zampa-bollos y con rapidez tumbó al corpulento niño. Después, Tommy avanzó con orgullo para dar el salto mortal, habilidad que adquiriera a fuerza de perseverancia y de sufrir caídas y golpes tremendos. Grandes aplausos celebraron la habilidad de Tommy, y cuando éste, rojo de orgullo y de la subida de la sangre a la cabeza, se disponía a sentarse, una voz gritó despreciativamente:
-¡Eso no vale nada!
-¡Vuelve a decir eso, si te atreves! -rugió Tommy.
-¿Quieres pelear? -exclamó Dan abandonando el asiento y enseñando los puños.
-No, no -contestó Tommy, asustado.
-Están prohibidas las peleas -vocearon a coro los demás.
-¡Qué suerte tienen! -murmuró Dan burlonamente.
-Oye, si no te conduces bien, no te quedarás con nosotros -insinuó Nat, ofendido por el insulto hecho a sus amigos.


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