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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.43

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Daisy se alarmó seriamente al vera los niños entusiasmados con la batería de cocina, y mamá Bhaertuvoque ordenar que nadie tocase ningún objeto, prohibiendo tocar el horno, sin permiso expreso de su dueña. Los caballeretes se cohibieron al saber que la menor infracción de esta ley sería castigada con la pérdida del derecho a participar de los guisos y platos que confeccionase la cocinerita.
Sonó la campana, y todos, en bullicioso tropel, bajaron al comedor. La comida resultó animadísima; cada uno de los niños dio a Daisy una lista de las cosas que deseaba comer, tan pronto como las mereciera a título de premio. La pequeña estaba dispuesta a guisar de todo, siempre y cuando su tía le enseñase. La tía Jo se inquietó, pues oyó hablar de platos desconocidos: pastel de bodas, ojos de buey en dulce, sopa de coles con arenques y cerezas y otras comidas que el señor Bhaer enumeró como de su predilección:
Aquella tarde los niños estuvieron amabilísimos con Daisy; Tommy le ofreció los primeros frutos de su jardín, aun cuando hasta entonces en el jardín sólo se veían cardos silvestres; Nat se brindó a proveerla gratuitamente de leña; Zampa-bollos se mostró resuelto a trabajar en cuanto la cocinerita le ordenara; Ned anunció que iba a fabricar una heladera para la cocina, y MedioBrooke, tanto y tanto rogó y tan afectuosamente se prestó a auxiliar, que se le concedió el alto privilegio de encender la lumbre, de hacer recados y de contemplar el progreso de la comida. La tía Jo lo dirigía todo, yendo y viniendo mientras colocaba cortinas limpias en toda la casa.
-Pídele a Asia una copa de crema agria para los pasteles -fue la primera orden que Medio-Brooke obedeció; salió y volvió trayendo la crema y haciendo gestos de asombro porque al probarla en el camino la encontró tan desagradable, que anunció que los pasteles resultarían malísimos.
-Bueno, niña, llena ese plato de harina y añádele sal.
-¡Ay! ¡Todo necesita sal! -murmuró la pequeña, cansada de abrir tantas veces el salero.
-La sal, como el buen humor, sienta bien a todo -advirtió papá Bhaer, colocando clavos para colgar los utensilios.
-Mira, tío, aun cuando no te hemos invitado al té, pienso obsequiarte con pasteles ~exclamó Daisy.
-Mira, Fritz, no vale que interrumpas mi clase de cocina pues me vas a poner en el caso de que intervenga yo en tus clases de latín, ¿te agradaría? - preguntó la tía Jo, echando sobre la cabeza de su marido un cortinón de yute.


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