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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.42

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-Después de darlas lecciones, podrás guisar todos los días, pero preferiré que comas lo que cocines a la hora en que todos comemos, y que a la hora del té no dejes las galletas. Hoy, por ser el primer día, no importa romper con la costumbre. Esta tarde puedes preparar algo para tomar con el té-respondió mamá Bhaer, que disfrutara viendo a la niña, aun cuando no recibió invitación para participar de la comida.
-Quisiera hacer frutas de sartén para mi hermano, porque es aficionadísimo a ese dulce, y es muy lindo darles vuelta en el aceite y espolvorearlas con azúcar -insinuó Daisy.
-Pero si obsequias a tu hermano, los demás niños querrán su parte, y no habrá para todos.
-¿No podría ser sólo, por esta vez, mi hermano, y luego, si los demás son buenos, yo les haría frutas de sartén?...
-¡Muy bien pensado! Haremos que tus comidas sean premios para los niños buenos y ya sé de algunos que las estimarán muchísimo. Si los hombrecitos son como los hombres, confío en que mi cocinera hará milagros halagándoles el paladar y el estómago, y dulcificándoles el carácter.
-Recojo la indirecta -murmuró papá Bhaer que, desde la puerta, miraba y oía complacido-. Pero considera que si yo me hubiera casado contigo enamorado sólo de tus talentos culinarios, mal me hubiera ido en los últimos años.
Teddy abrazaba a su padre y tartamudeaba, afanándose por describir el banquete que había gozado.
Daisy enseñó envanecida su cocina y, audazmente, ofreció a papá Bhaer prepararle todas las frutas de sartén que fuera capaz de comer.
Capitaneados por Medio-Brooke, los muchachos entraron de rondón en los dominios cocineriles; las clases de la mañana habían terminado, y el olor de las costillitas asadas los atrajo como a canes hambrientos.
Jamás existió princesa que desplegase en fastuosa corte el orgullo que desplegó Daisy al mostrar sus tesoros y al anunciar a los chicos los regalos con que se proponía obsequiarlos. Hubo quien se burló al oír que allí se podía guisar algo comestible; Zampa-bollos se mostró convencidísimo, sin esperar pruebas; Nat y Medio-Brooke confiaron en los talentos y habilidades de Daisy, y los demás decidieron aguardar antes de dar su opinión definitiva. Unánimemente admiraron la cocina y se maravillaron ante el horno. MedioBrooke quiso, en el acto, comprar una cacerola para utilizarla como caldera de una máquina de vapor que estaba construyendo; Nat se ofreció a quedarse en alquiler, por precio módico, con un cucharón para fundir el plomo con el cual fabricaba balas y otros juguetes.


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