Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.41
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.., ¡pues no faltaba más! -refunfuñó Daisy, indignadísima. -No nos vendrán mal estas provisiones, si se presentan invitados; conviene contar con reservas en la despensa.
-"Teno hambe" -anunció Teddy, entendiendo que, tras tanto cocinar, ya era horade comer algo.
Su madre le dio, para entretenerlo, la cesta de la costura, y continuó enseñando a su cocinera particular.
-Aparta las verduras, pon la mesa, y aviva la lumbre para asar la carne.
Había que ver a Daisy-Sally cuidar del pucherito donde se cocían las papas, dar vuelta a las verduras, mirar cómo iban los pasteles dorándose en el horno, avivar la lumbre, colocar dos costillitas en unas parrillas de mango largo, y volverlas con ayuda de un tenedor.
Tan absorta se hallaba cocinando, que olvidó los pasteles hasta abrir el horno para colocar el puré de papas.
-¡Ay! ¡Ay! ¡Se han quemado mis pasteles! ¡Se han quemado mis pasteles! -gritó Daisy, retorciéndose con desesperación las no muy limpias manos, al ver dos objetos negros en lugar de los dorados con que pensó regalarse.
-No llores, hija mía; yo he tenido la culpa, pues era deber mío ordenarte que sacaras los pasteles del horno; pero no te aflijas; ya haremos otros, después que comamos.
Chirriaron las costillas en la parrilla, y este incidente bastó para distraer y consolar a la atribulada aprendiza del arte de Brillat-Savarin.
-Pon las costillas en un plato, y déjalas al calor, mientras aderezas las verduras con manteca, sal y pimienta.
La vista del "pícaro" tarro de pimienta acabó de calmar la pena de Sally. Momentos después, la comida se hallaba servida en la mesa; las seis muñecas fueron colocadas tres a cada lado; Teddy ocupó una de las cabeceras, y Daisy se instaló en la otra. El espectáculo era graciosísimo. Una muñeca estaba vestida con un lujoso traje de baile, y otra se hallaba en camisa; Terry, el muñeco de madera, ostentaba un traje rojo, de punto inglés, y Annabella, la muñeca desnarigada lucía impúdicamente su desnudez. Teddy, actuando de cabeza de familia, devoró todo lo que le ofrecieron, sin encontrar defectos a nada. Daisy servía los platos y cuidaba de todo, como una señora que sabe atender a sus invitados.
-En mi vida he hecho un almuerzo tan rico como el de hoy. ¿No podría hacerlo todos los días? -preguntó Daisy, comiéndose las migajas esparcidas en el mantel.
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