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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.37

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Ancha tabla corría por los tres lados del hueco de la ventana; en una parte veíanse, colgadas o descansando, ollitas de distintos tamaños, cacerolas, sartenes, parrillas y marmitas; en otro lado, lucía una vajilla en miniatura, y un lindo servicio de té; en el centro se hallaba instalado un hornillo de cocina. No había utensilio superfluo o inútil; el hornillo de hierro era lo bastante grande para guisar alimentos que aplacaran el hambre de la más numerosa y famélica familia de muñecas que pudiera existir. Lo más importante era que en el hornillo ardía fuego de verdad; la minúscula tetera dejaba escapar vapor de agua efectivo; la tapa de la ollita bailaba alegremente empujada por el agua que hervía a borbotones. Un agujerito en el cristal de la ventana daba salida al tubo de la chimenea, que lanzaba una columna de humo auténtico. Al lado se hallaba la carbonera; sobre ella había deshollinador, cepillo y escoba, en una tabla baja aguardaba la cestita para la compra, y en el respaldo de la silla de Daisy un gorrito y un delantal. Brillaba el sol como gozando con aquel entretenimiento; chisporroteaba el hornillo, hervía la olla, los utensilios de bruñido estaño relumbraban en las paredes; la loza y la porcelana espejeaban, y la cocinita, en conjunto y en detalle, resultaba completísima y superior a las ambiciones infantiles.
Daisy, tras sus primeras exclamaciones de júbilo, quedóse extática paseando miradas radiantes por aquellas preciosidades; luego, brincó y abrazó emocionada a tía Jo, exclamando con fervorosa gratitud:
-¡Qué juguete tan espléndido! ¿Me permitirán guisar y preparar comiditas, y encender fuego y barrer?... ¿Sí?... ¡Qué alegría! ¿Cómo se te ocurrió regalarme esta cocina?... -Al observar que te gustaba ayudar a Asia a amasar las empanadas. Supuse que nuestra cocinera no te dejaría manipular con frecuencia en sus guisos; además, allí corrías el riesgo de quemarte; entonces pensé en un fogón adecuado yen enseñarte a cocinar, con lo cual encontrarás entretenimiento provechoso; anduve buscando y rebuscando por las tiendas de juguetes; pero todo lo que había era grande y muy costoso; de casualidad tropecé con tío Teddy, que generosamente, se ofreció a ayudarme, y se empeñó en adquirirla mejor cocina que vimos. Yo me opuse, pero tu tío me recordó los tiempos en que, siendo yo niña, cocinaba; y se dedicó a comprarme todas las cacerolas y objetos más bonitos que había a la venta, con destino a la "Pequeña clase culinaria"


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