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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.32

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Nat los aplicó sin ver ya dónde daba, arrojó la palmeta a un extremo de la sala, y tomando ansioso la cariñosa mano del maestro puso en ella el rostro en explosión acongojada de cariño, vergüenza y arrepentimiento.
-¡Me acordaré! ¡No lo olvidaré jamás! -sollozó.
Papá Bhaer lo abrazó y le dijo con tanta compasión como energía había desplegado hasta entonces:
-Deseo y espero que no lo olvidarás; pide a Dios que te ayude y procura ahorrarnos otra escena como ésta.
Tommy no miró más; saltó del banco y entró en el salón, tan grave y tan excitado que los condiscípulos lo rodearon preguntándole qué había ocurrido.
En voz baja, y con acento entrecortado, Tommy narró lo ocurrido; los muchachos creyeron ver el cielo desplomarse al oír aquella inversión del orden natural de las cosas. Ruboroso, y como si se acusase de horrendo crimen, balbuceó Emil: -También yo..., una vez... tuve que hacer eso mismo...
-¿Y le diste palmetazos a nuestro anciano y queridísimo papá Bhaer?...
¡Caramba, me gustaría verte hacerlo ahora! -rugió Ned, encolerizado, atizando un puñetazo a Emil.
-Pasó hace mucho tiempo; primero me cortaría la cabeza que volver a
pegar a nuestro excelente maestro -contestó Emil, apoyándose en Ned, en vez de obsequiarle con un bofetón, según acostumbraba hacer con menos motivo y en ocasiones menos solemnes.
-¿Cómo pudiste pegarle a papá Bhaer? -preguntó Medio-Brooke horrorizado.
-Creí que no me importaría y hasta pensé que me agradaría. Pero, al descargar el primer golpe, recordé cuánto había hecho por mí y no pude seguir. Si me hubiera escupido y pisoteado no hubiera sentido tanta vergüenza ni tanta aflicción-murmuró Emil golpeándose el pecho arrepentido.
-Nat lloraba y su pena era inmensa; creo que no debemos darnos por enterados de lo sucedido -propuso Tommy.
-Me parece bien; pero conste que mentir es algo muy feo -observó Medio-Brooke, encontrando que la fealdad de la mentira aumentaba cuando el castigo no recaía sobre el culpable y sí sobre el bonísimo e inocente maestro.
-Pues vámonos cuanto antes para que Nat no nos encuentre -indicó Franz.
Todos emprendieron el camino del granero, que era el refugio obligado en los momentos de apuro.
Nat no bajó a comer. La tía Jo le llevó algún alimento y le dirigió palabras de consuelo, que el muchacho agradeció; pero sin atreverse a levantar la vista.


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