Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.31
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Papá Bhaer oyó la conversación. La hora de clase había terminado; se hallaban reunidos en el salón y el maestro acababa de sentarse en el sofá para jugar con Teddy, pero cuando escuchó a Tommy y vio ruborizarse a Nat y mirarle con espanto, soltó al bebé y le dijo:
-Ve con mamá; vuelvo en seguida.
Inmediatamente tomó a Nat de la mano, lo entró en la escuela y cerró la puerta.
Los pequeños se miraron en silencio; luego, Tommy fue a espiar y atisbando por las persianas medio cerradas presenció un espectáculo que lo desconcertó por completo. Papá Bhaer tomó la palmeta que tenía colgada junto a la mesa, palmeta tan olvidada que estaba llena de polvo.
-¡Anda! Le va a dar palmetazos a Nat... ¡Cuánto siento haber habla-do!...-murmuró Tommy, considerando que los palmetazos eran la mayor desgracia y el mayor castigo.
-¿Recuerdas lo que te dije la última vez? -preguntó papá Bhaer, con tristeza pero sin cólera.
-Sí, señor; y le ruego que no cumpla -balbuceó Nat retrocediendo pálido, angustiado y tembloroso.
-¿Por qué no se acercará y aguantará los palmetazos como un hombre?... Yo me resignaría -murmuró Tommy.
-Cumpliré mi palabra y así no te olvidarás de que siempre debes decir la verdad. Obedéceme, Nat; toma la palmeta y dame seis palmetazos fuertes.
Tommy quedó tan estupefacto al escuchar las palabras del maestro, que estuvo a punto de caerse del banco en que estaba encaramado; al fin pudo guardar el equilibrio agarrándose al marco de la ventana, y contempló la escena con ojos más abiertos que los del mochuelo disecado que estaba sobre la chimenea.
Nat, no osando desobedecer la orden, empuñó la palmeta, y tan aterrado como si le obligasen a cometer un asesinato, dio dos débiles golpes en la ancha mano que le tendía papá Bhaer. En seguida se detuvo con los ojos llenos de lágrimas, pero el profesor le ordenó imperativamente:
-Sigue, y pega más fuerte.
Comprendiendo que no quedaba más recurso que el de obedecer, ansioso de acabar cuanto antes aquella cruel tarea, se cubrió la cara con el brazo izquierdo y descargó dos golpes muy duros, que, aun cuando enrojecieron la mano del que los recibió, hicieron mucho más daño al que los daba.
-¿No es bastante? -preguntó el muchacho, angustiado.
-Dos más -fue la única respuesta.
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