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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.26

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Además, tocas el violín, y esta habilidad no la tiene ninguno de tus compañeros; en fin, estás resuelto a aprender y esto sólo es llevar andada la mitad del camino. Al principio todo parece difícil y te descorazonarás, pero estudia con constancia y verás que todo te va resultando más fácil.
-Sí, señor -murmuró-, aun cuando poco, algo sé: sé dominarme: los golpes de mi padre me enseñaron; puedo tocar el violín, a pesar de que no sé dónde está el golfo de Vizcaya-y añadió en voz tan alta que llegó a oídos de Medio-Brooke-: Necesito aprender y lo intentaré; nunca fui a la escuela, pero no fue culpa mía, y si mis compañeros no se burlan, procuraré alcanzarlos. Usted y la señora son muy buenos.
-No se burlarán de ti, y si se burlan, yo..., yo... les diré que hacen mal -exclamó Medio-Brooke, olvidando por completo dónde estaban. La clase se detuvo en siete por nueve, y todos miraron con curiosidad.
Juzgando que para dar una lección era oportuna en aquel momento la aritmética, el señor Bhaer habló a los chicos de Nat con tan interesante y conmovedora relación, que los pequeños de excelente corazón, le brindaron auxilio y se sintieron orgullosos de poder enseñar algo al admirado violinista. Así fue como Nat comenzó a tener menos obstáculos, pues todos estaban dispuestos a tenderle una mano, a fin de que subiese la escalera de la sabiduría. Hasta que se restableciera, no convenía que estudiase mucho el nuevo alumno; por ello, la tía Jo le buscó entretenimientos en casa, para que se distrajera. El jardín era la mejor medicina para el chico; trabajaba como un castor, labraba su hacienda, sembraba habas, contemplaba con entusiasmo cómo crecían, y gozaba viendo surgir los verdes brotes y los floridos tallos.
Medio-Brooke era su amigo; Tommy, su protector, y Daisy, el consuelo de todas sus penas, porque aunque los niñitos eran más pequeños que él, huía por timidez de los atrevidos juegos de los mayores, y por instinto buscaba la inocente compañía de los chiquitos.
El señor Laurence no lo olvidaba; por el contrario, le enviaba vestidos, libros y música, le escribía cariñosas cartas, y, de vez en cuando, iba a verlo o a llevarlo a algún concierto en la ciudad; en estas ocasiones, Nat era felicísimo, porque iba a la casa-palacio del señor Laurence, donde veía a la señora y a la lindísima hija de su bienhechor, comía sabrosos platos y disfrutaba tanto, que, durante mucho tiempo después, hablaba de ello de día y soñaba con ello por la noche.


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