Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.23
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-Pero Enrique y Lucía y Robinson no son libros fantásticos; hablan de construcciones, trabajos y labores útiles, y me agradan mucho, ¿verdad, Daisy?
-Sí; pero lees más El pájaro azul que Enrique y Lucía y prefieres Simbad el marino a Robinson. Vaya, hago un trato con ustedes dos: George no comerá más que tres veces al día y tú no leerás más que un libro de cuentos por semana; en cambio, les daré el nuevo campo para jugar al criquet; pero deberán jugar -insistió el maestro, porque sabía que Zampa-bollos se resistiría a correr, y que Medio-Brooke consagraba las horas de recreo a la lectura. -¡Es que a nosotros nonos gusta el criquet! -murmuró Medio-Brooke.
-Acaso no les guste ahora, pero sí cuando lo conozcan. Además, les agradará ser generosos y silos demás niños quieren jugar, podrán permitirles hacerlo.
Con gran satisfacción y regocijo de todos, cerróse el trato.
Charlóse un poco más acerca de los jardines, y después cantaron a coro. La orquesta encantó a Nat; mamá Bhaer tocó el piano; Franz, la flauta; el maestro, el contrabajo, y el nuevo alumno, el violín.
El concierto resultó delicioso y todos parecían gozar; hasta la anciana Asia unió su voz al coro general, porque en aquella familia, amos y criados, viejos y jóvenes, elevaban juntos al cielo las plegarias y los himnos dominicales. Luego, los niños fueron, uno a uno, estrechando la mano de papá Bhaer; mamá Bhaer los besó a todos, desde Franz, que tenía diecisiete años, hasta Rob, que se reservaba besar a la mamá en la punta de la nariz. Luego se marcharon en tropel a la cama.
La menguada luz de una lámpara iluminaba un cuadro colgado al pie del lecho de Nat. Pendientes de los muros había otros, pero el niño se fijó en éste por ver que tenía una lindísima moldura de musgo y pino, y al pie, sobre una repisa, un vaso lleno de flores silvestres. Indudablemente era aquél el más bello de todos los cuadros de la casa; Nat quedóse contemplándolo con arrobamiento, presintiendo lo que representaba y ansiando que se lo explicasen.
-¡Ese es mi cuadro! -clamó una vocecita. Nat volvióse y vio a Medio-Brooke que, en paños menores, salía del cuarto de tía Jo, adonde había ido por un trapito para vendarse una cortadura que se hizo en el dedo.
-¿Quién es ese hombre y que hace con los niños?.
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