Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.21
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-No lo sé, me lo dijo abuelito. Arrigoríases una fábula, o sea una historia que quiere significar algo. Mi libro Historia sin fines arrigoría porque el niño en ella es un alma... ¿Verdad, tía? -dijo Medio-Brooke.
-Sí, hijo mío, y estoy segura de que lo que tu tío les está contando es una alegoría; presta atención a lo que significa.
Tranquilizóse Medio-Brooke, y el narrador prosiguió:
-El jardinero cedió una docena de pequeñas parcelas a uno de sus criados, y le encargó que las cuidase lo mejor que supiera, y que estudiase lo que en ella se podía sembrar. El criado no era rico, ni sabio, ni muy bueno, pero debía mucha gratitud a su señor. Alegremente recibió las parcelas y puso manos ala obra; las había de todas formas y tamaños; unas tenían buena tierra, otras eran muy pedregosas, y todas estaban necesitadísimas de cuidado, porque en la tierra fértil se desarrollaban con rapidez las malas hierbas, y en la tierra estéril abundaban los guijarros.
-¿Había algo más que hierbas malas y piedras? -insinuó Nat, olvidando su timidez.
-Había flores -respondió el cuentista-. Hasta en los cuadros más incultos y abandonados del jardín crecían pensamientos y resedas. En uno había margaritas y clavellinas; en otro-y al decir esto acarició a su sobrina-, rositas; en éste, legumbres útiles y una vid trepadora, como la plantada por Jack; verdad es que este cuadro había sido cuidado por el experto y anciano jardinero...
-Pues como iba diciendo -prosiguió el maestro-, algunas de las parcelas eran fáciles de cultivar (quiero decir cuidar, ¿te enteras, Daisy?) y otras eran de muy difícil cultivo. En especial un cuadradito bañado por el sol, que de igual modo podía producir legumbres y fruto que flores, pero no los producía, y cuando el hombre sembraba cualquier cosa, melones, por ejemplo, la sementera no daba frutos, porque la tierra no hacía caso de las semillas. Desconsolábase el hombre y seguía sembrando, pero la tierra parecía decirle siempre "se me olvidó".
Una carcajada general interrumpió el relato; todos se fijaron en Tommy que, al oír hablar de melones, había aguzado el oído primero, y, después, bajó la cabeza para escuchar su excusa favorita.
-¡Ya sé! ¡Ya sé lo que significa la historia! -exclamó Medio-Brooke, palmoteando-. Tú eres el hombre y nosotros somos los jardincitos. ¿Verdad, tío?...
-Lo has adivinado. Ahora cada cual va a decirme lo que debo sembrar para conseguir una buena cosecha en mis doce, no, en mis trece finquitas -habló el señor Bhaer, corrigiéndose en el número al mirar a Nat.
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