Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.17
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"Todo el mundo, menos yo, posee aquí algo; me agradaría tener una gallina, una paloma o siquiera un galápago que fuese mío", pensó Nat, doliéndose de su pobreza al admirar los tesoros de los otros niños. Luego, al reunirse de nuevo con Tommy, en el granero, le preguntó:
-¿Cómo han adquirido estas cosas?...
-Las encontramos, las compramos o nos las regalan. Mi padre me envía algo de vez en cuando, y ahora en cuanto reúna dinero bastante de la venta de huevos, voy a comprar una pareja de patos. Aquí hay un estanque muy a propósito para ellos; y has de saber que los huevos de pato se pagan muy bien, y que los patitos son graciosísimos nadando y zambulléndose - contestó Tommy.
Nathaniel suspiró, reflexionando que él no tenía padre, ni dinero, ni nada más que un viejo bolsillo vacío, y la habilidad de tocar el violín.
Tommy comprendió el alcance de aquel suspiro y, tras breve y profunda cavilación, exclamó:
-Oye, te diré lo que he resuelto. Me fastidia soberanamente andar
buscando los huevos que ponen mis gallinas; si quieres encargarte de esta tarea, te daré un huevo por cada docena que me recojas; tú llevas la cuenta, y cuando tengas doce, se los vendes por veinticinco centavos a mamá Bhaer, y ya con ese dinero puedes hacer lo que se te antoje.
-¡Trato hecho! ¡Eres un compañero buenísimo!
-¡Bah! ¡Bah! No hablemos más del asunto; comienza ahora a rebuscar en el granero; te aguardaré aquí; mi "Cenicienta" está cacareando, y de seguro que encontrarás algún huevo -dijo Tommy y se tumbó sobre la paja, satisfechísimo por haber cerrado un buen trato y realizar una acción meritoria. Nat comenzó alegremente la pesquisa y, revolviendo, fue de desván en desván hasta dar con dos magníficos huevos, uno oculto bajo una viga y otro depositado en una medida de grano, en la cual solía refugiarse la "Pintadita".
-Dame uno que necesito para completar una docena, quédate con el otro y desde mañana empezaremos la cuenta. Aquí, con tiza, puedes hacer tus notas junto a las mías y así las comprobaremos fácilmente observó Tommy, señalando una hilera de misteriosos signos, sobre una vieja máquina desgranadora.
Con toda importancia y formalidad, el orgulloso poseedor de un huevo abrió cuenta con su amigo, el cual, riendo a carcajadas, estampó sobre los signos esta imponente frase: "Thomas y Compañía".
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