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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.15

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-Me figuro que te agradará ir ahora a la escuela y ensayar en el violín el acompañamiento de los coros que cantaremos esta noche -apuntó la señora, sospechando que el chico querría entrar en la vida común.
Solo con el amado violín, ante el libro de música, junto a la ventana inundada de sol primaveral y en profundo silencio, el niño gozó más de una hora de felicidad aprendiendo dulces melodías de otros tiempos, y olvidando sus amarguras.
Cuando regresaron los que habían ido a misa, y cuando todos comieron, unos se dedicaron a la lectura; otros a escribir a sus respectivas familias, y dieron las lecciones dominicales y charlaron entre sí, tranquilamente, forman do grupos aislados. A las tres salieron de paseo; la infancia y la adolescencia necesitan ejercicio y aire libre, y paseando, las inteligencias vírgenes aprenden, en el gran libro de la Naturaleza, a ver y amar la infinita magnanimidad de Dios. El señor Bhaer acompañaba siempre a sus discípulos y siempre encontraba "enseñanzas en las piedras y en las hierbas; libros en los cristalinos arroyos, y bondad en todas las cosas".
Mamá Bhaer, con sus dos hijos y con Daisy, se fue a la ciudad a hacer la visita semanal a la abuela, visita que era motivo de íntima y recíproca satisfacción. Como Nat no estaba muy fuerte para tan largo paseo, se quedó en casa con Tommy, el cual, afablemente, se había brindado a enseñarle todo Plumfield.
-Ya conoces la casa; así, pues, saldremos y verás el jardín, el granero y el "parque zoológico" -dijo Tommy, cuando se quedaron solos con Asia, encargada de evitar cualquier barrabasada.
-Todos nosotros tenemos nuestros animales favoritos y los guardamos en el granero, al cual hemos denominado parque zoológico. Ya estamos en él. Dime, ¿no es una preciosidad mi lechoncito? -exclamó Tommy señalando con orgullo a un cerdo horriblemente feo.
-Conozco a un niño que tiene una docena de lechoncitos y me ofreció uno, pero yo no disponía de sitio para guardarlo y no pude aceptar. Era blanco, con manchas negras y hocico rojo; tal vez me lo regalaría aún, si tú lo quieres.
-Me gustaría tenerlo y te daré éste y vivirán juntos, si no se pelean. Mira aquellos ratoncitos blancos: son de Rob; se los regaló Franz. Los conejos son de Ned, las gallinas de Guinea pertenecen a George, ya sabes, a "Zampabollos".


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