Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.14
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He aquí uno de los medios que empleo para el logro de mis propósitos -murmuró tomando un libro grueso, lleno de notas y abriéndolo en una página que tenía escrito un nombre arriba.
-Pero, ¡ese nombre es el mío! -insinuó Nat.
-Sí; tengo una página para cada niño. A cada uno le llevo la cuenta de su comportamiento durante la semana. Si es malo, me disgusto; si es bueno, me regocijo y ufano; y, de cualquier modo, sabiendo que me intereso por ellos, y deseando complacerme y complacer a papá Bhaer, procuran ser juiciosos y aplicados.
-Yo creía que lo eran siempre -observó Nat, atisbando el nombre de Tommy en la página opuesta a la suya, y preguntándose qué figuraría en aquella cuenta.
La señora Bhaer lo notó y volvió la hoja, murmurando:
-Mis apuntes sólo los ven los interesados. Llamo a este libro mi libro de conciencia; lo que de ti escriba, sólo tú y yo lo sabremos. De ti depende quedar satisfecho o avergonzado cuando leas tu página el domingo próximo. Confío en que tu cuenta será buena; procuraré darte facilidades y me complacerá verte alegre, dócil y observador de nuestras escasas reglas, aprendiendo y aprovechando algo.
-Lo procuraré, señora -balbuceó, ruboroso, Nat, ansiando evitar a su protectora el disgusto de una cuenta mala, y anhelando proporcionarle el regocijo y la ufanía de una cuenta buena-. Pero -añadió-debe ser molesto escribir tanto.
-No -contestó la señora, acariciándole y cerrando el libro-; porque ignoro qué me agrada más, si escribir o estar entre niños. ¿Te asombras? Es cierto que hay personas que se impacientan al lado de pequeñuelos, pero es porque no los comprenden ni saben tratarlos. Yo sí; hasta hoy no he encontrado niño del cual no se pueda conseguir cuanto se desee, hallando el camino de su corazón. No podría pasar sin la turba de mis traviesos y alborotados chicuelos, ¿verdad, Teddy mío? -exclamó abrazando al bribonzuelo, en el preciso instante en que éste trataba de guardarse el tintero en el bolsillo.
Nat, que nunca hasta entonces había oído lenguaje semejante, no acertaba a decidir si la señora Bhaer era una lunática o una criatura abnegada y ejemplarmente bondadosa. Se inclinaba por esto último, recordando que aquella mamá se anticipaba a llenar los platos de los niños antes de que éstos lo pidieran, se reía de sus bromas, les tiraba blandamente de las orejas y les daba cariñosas palmaditas.
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