Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.13
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Apenas estuvieron reunidos los muchachos, se presentó Tommy, acompañado de Nat, para tomar el desayuno.
Mientras engullían, los chicos charlaban animadamente, porque el domingo había que discutir el paseo y acordar el plan para la semana. Nat oía y pensaba que el día iba a serle muy agradable, porque gustaba de la quietud y veía, en torno suyo, plácido reposo. A pesar de su infancia de vagabundez, el minúsculo violinista amaba la calma.
-Ahora, hijitos, a cumplir vuestras obligaciones matutinas y a estar dispuestos para ir a misa cuando llegue el ómnibus -dijo el señor Bhaer, y predicando con el ejemplo, se fue a la escuela a ordenar los libros para el día siguiente.
Todos salieron apresuradamente a ejecutar su tarea, porque cada niño tenía un pequeño deber diario que cumplir, y estaba obligado a cumplirlo puntualmente. Unos acarreaban leña o agua; otros barrían los pasillos; éstos daban de comer a los animales domésticos; aquellos iban al granero a ayudar a Franz a sacar alimentos para los animales. Daisy fregaba los vasos, MedioBrooke los enjuagaba, porque a los gemelos les gustaba trabajar juntos. Hasta el microscópico Teddy tenía su tarea, e iba de acá para allá recogiendo servilletas y ordenando sillas. Por espacio de media hora los muchachos zumbaban trabajando como enjambre de solícitas abejas. Cuando por fin llegó el ómnibus, el señor Bhaer y Franz, con los ocho niños mayores, marcharon a la iglesia de la ciudad, que distaba tres millas.
Nat, por causa de la tos, se quedó con los cuatro chicos más pequeños y pasó la gran mañana en la habitación de la señora Bhaer, oyendo las historias que les refirió la bondadosa señora, aprendiendo el himno que les enseñaba y, luego, pegando estampas en un libro viejo.
-Este es mi encierro dominical -lijo la tía Jo, mostrándole armarios llenos de volúmenes, estampas, cajas de pinturas, reproducciones arquitectónicas, periódicos pequeños, papel, plumas, etcétera-. Quiero que mis hijos gusten del domingo y lo deseen como grato descanso del estudio y del trabajo habitual, pero quiero que, al parque se recrean, se instruyan y aprendan cosas distintas de las que se enseñan en la escuela... ¿Me entiendes? -exclamó, dirigiéndose a Nat, que escuchaba embelesado.
-Usted se propone enseñarles a que sean buenos -respondió tras breve vacilación.
-Justamente; quiero enseñarles a que sean buenos y a que amen el bien. Ya sé que, a veces, es difícil conseguirlo, pero con el mutuo auxilio y la recta voluntad todo se alcanza.
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