Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.12
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La señora Bhaer consiguió el restablecimiento físico de Billy; los demás niños le compadecían y le rodeaban de afecto. Al "inocente" no le agradaba tomar parte activa en los juegos bulliciosos; en cambio se pasaba horas enteras contemplando las palomas, abriendo hoyos con Teddy, o siguiendo a Silas, el jardinero, mirándolo trabajar. El honrado Silas era muy afectuoso con Billy, y éste, aun cuando olvidaba las letras del alfabeto, recordaba los semblantes amigos.
Tommy Bangs era el diablejo de la casa. Tenía astucias y travesuras y agilidades de mono, pero poseía excelente corazón, y esto le valía lograr el perdón de sus diabluras; hacía oídos de mercader a los regaños, mas se manifestaba tan arrepentido después de una trastada y formulaba tan enérgicos propósitos de enmienda, que era imposible oírlo sin soltar la carcajada. Los Bhaer vivían prevenidos para no sorprenderse ante cualquier catástrofe, desde la del estrellamiento del cráneo de Tommy hasta la de ver volar la casa con dinamita.
Un día que la gordinflona Asia estaba atareadísima, la amarró, por la falda, a un poste, y allí la dejó rabiar y refunfuñar durante más de media hora. Otro día clavó un alfiler tremendo en la espalda de Mary Ann cuando la doncella estaba sirviendo la mesa. El dolor fue tan agudo, que dejó caerla sopera y echó a correr, dejando a todos en la creencia de que se había vuelto loca.
Tales eran los niños, y juntos vivían tan felizmente como pueden vivir doce chicos, estudiando y jugando, trabajando y regañando, combatiendo defectos y cultivando virtudes. Los chicos de otras escuelas, probablemente aprenderían más en los libros, pero mucho menos en la ciencia práctica de hacer de un pequeño un hombre bueno y honrado. El latín, el griego y la matemática eran cosas excelentes; pero, ajuicio del señor Bhaer, el conocimiento de sí mismo, el dominio de la personalidad, y el bastarse a sí solo, eran cosas más importantes, y procuraba enseñarles a hacerlo.
La gente solía mover dubitativamente la cabeza ante estas ideas, y hasta llegaba a confesar que los niños progresaban mucho física y moralmente. Pero, como dijo la señora Bhaer a Nat, aquella era "una escuela originalísima".
CAPÍTULO 3
Tan pronto como sonó la campana, Nat saltó del lecho y se endosó satisfechísimo los vestidos que encontró sobre la silla. No era ropa nueva; eran prendas en medio uso, procedentes de otros niños; pero la señora Bhaer guardaba todas aquellas plumas desprendidas para los pajaritos extraviados que acudían al nido de Plumfield.
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