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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.10

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No era un niño perfecto, pero tenía pocos y leves defectos, y había aprendido a conciencia el arte de reprimirse y de dominarse; ¡arte difícil que muchos hombres no llegan a poseer! MedioBrooke ignoraba que era guapo e inteligente; admiraba la belleza y la inteligencia de los demás; vivía alegremente y gustaba de leer libros fantásticos.
Daisy era un encanto; una admirable miniatura de mujer, con bellísimas cualidades. Cuidaba bien de las cosas de la casa; tenía perfectamente ordenada *ha familia de muñecas; no daba un paso sin su cestita de labor, y cosía con tal esmero que Medio-Brooke se ufanaba luciendo un pañuelo dobladillado por su hermana; Josy tenía un chaleco de franela cosido por Daisy. La pequeñuela limpiaba las porcelanas y cuidaba los saleros, colocaba los cubiertos, limpiaba, con un plumerillo, el polvo y ayudaba en todas las faenas domésticas. Medio-Brooke la defendía con heroísmo en las batallas de almohadas y no se avergonzaba de pregonar los méritos de su hermana. Esta juzgaba a su hermano gemelo como el niño más notable del mundo, y todas las mañanas, corría a despertarlo, diciéndole:
_¡Arriba, hijo mío: ya es hora del desayuno; aquí tienes tu cuello limpio!
Rob era un chicarrón que parecía haber resuelto, en la práctica, el problema del movimiento continuo. Jamás estaba quieto; mas no era díscolo ni batallador; era, sí, charlatán, y vivía agitándose entre su padre y su madre.
Teddy era muy pequeño para intervenir activamente en los asuntos de Plumfield; sin embargo, tenía su esfera de acción. Todos sentían, alguna vez, la necesidad de acariciarlo, y Teddy, muy aficionado a lo mismo, estaba siempre dispuesto a dejarse besar; vivía pegado a la mamá y se le permitía meter su dedito en los platos de dulce. Dick Brow y Adolfo o Dolly Pettingill tenían ocho años; Dolly tartamu­deaba, y poco apoco se iba corrigiendo sin que nadie le hiciera burla; el señor Bhaer lo curaba haciéndole hablar despacio; por lo demás, era un chico estudioso y jovial.
El pobre Dick era giboso y soportaba tan alegremente su giba que una vez le preguntó Medio-Brooke:
-¿Da buen humor el ser jorobado?... Si es así desearía serlo.
Dick vivía contento: su cuerpo contrahecho encerraba un alma abnegada. Al llegar a Plumfield, lamentó ser giboso, pero se consoló, porque nadie se burló de él; el señor Bhaer impuso enérgico correctivo a un muchacho que se permitió reír a costa del jorobadito.


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