Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.9
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Si faltan al convenio, no hay batalla el sábado; si cumplen lo pactado, quito las lámparas y los dejo brincar a sus anchas.
-¡Es admirable! -murmuró Nat, pensando en tomar parte y no atreviéndose a intervenir por ser recién llegado.
La señora Bhaer miró el reloj y dijo:
-Basta, niños; a la cama; cada uno a lo suyo, si no, sufrirán la multa.
-¿Qué multa? -interrogó temeroso Nat.
-La de quedarse sin juego el sábado próximo -contestó la señora-. Les concedo cinco minutos para tranquilizarse; después coloco las lámparas en su sitio y espero a que reine el orden. Verás cómo obedecen.
Así fue. La batalla terminó tan bruscamente como principiara; un disparo o dos; una aclamación final; Medio-Brooke arrojando siete almohadones
sobre el enemigo que huía; desafíos concertados para el próximo encuentro; tal cual grito reprimido; algún que otro murmullo y... nadan más.
Así concluyó la batalla de almohadas. La señora Bhaer besó otra vez a Nat, y éste se durmió con los felices sueños de la vida de Plumfield.
CAPÍTULO 2
Mientras Nat duerme tranquilamente, hablaré de los niños entre los cuales se halló al despertar.
Comencemos por los conocidos. Franz era un chico alemán, alto, grueso, rubio, aplicado, sencillote, aficionado a la música y muy apegado a la casa; tenía diecisiete años. Su tío lo creía apto para la enseñanza, y su tía, para ser un buen marido, fomentando en él el afecto al hogar.
Emil, vivo, inquieto y emprendedor, soñaba con ser marino. Su tío le ofreció que cuando cumpliera dieciséis años lo prepararía para el ingreso a la Escuela Naval: le daba a leer historias de almirantes famosos y de insignes navegantes, y le permitía que, después de estudiar, viviera como una rana. El cuarto de Emil parecía el camarote de un buque; "Robinson" y "Simbad el marino" eran sus héroes. Los niños le llamaban el "Comodoro" y admiraban la flotilla que tenía en la fuente.
Medio-Brooke era una prueba del milagro que la educación y la instrucción alcanzan al establecer armonía entre la materia y el espíritu. Dulce y sencillo en sus modales; amoroso e inocente, como reflejo de madre buena; fuerte y robusto, como cuidado por padre atento al desarrollo físico; y despejado y culto, por virtud de las sensatas lecciones de un prudente abuelo, Medio-Brooke se abría a la vida intelectual como se abren las rosas a las caricias del sol y a las perlas del rocío.
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