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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.8

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, ocupaban la estancia. Nat tomó un baño, y, mientras se higienizaba, vio a las dos mujeres lavotear, vestir de limpio y acostar a cuatro o cinco chiquitines que reían y gritaban gozosamente.
Después, enjugándose, sentado en una alfombra junto al fuego, se dejó cortar el pelo, y vio llegar a otra tanda de niños, que, al bañarse, alborotaban y revolvían el agua como si fuesen cachalotes.
-Aquí dormirá mejor Nat y si tose le da usted cocimiento pectoral ­dijo la señora Bhaer, que iba y venía, como gallina rodeada de polluelos.
Hummel aprobó la idea; puso a Nat una camisa de franela, le hizo beber una poción dulce y calentita y lo arropó bien en una de las tres camas que había en el cuarto. El muchachito, maravillado de tanta comodidad, se hallaba como en éxtasis. La limpieza le producía una sensación deliciosa y desconocida; la camisa de franela era un lujo inusitado; el jarabe dulcísimo que le calmaba la tos, le parecía una caricia hecha a su cuerpo, como las palabras de afecto le sabían a caricias del alma; al verse cuidado, atendido y acostado en aquel dormitorio, creíase en el cielo. Antojábasele estar soñando y se resistía a dormir temiendo que al despertar se hubiese disipado tanta ventura. Difícil le hubiera sido dormir entonces, porque cabalmente principiaba uno de los originalísimos números del programa educativo de Plumfield.
Tras un silencio en los ejercicios acuáticos, comenzaron a surcar el

aire en todas direcciones almohadas que, desde los lechos, lanzaban blancos duendecillos. La batalla era sañuda en algunos dormitorios y aun llegaba al cuarto de la niñera, en forma de algún guerrero acorralado, que buscaba refugio. Nadie se admiraba de aquella lucha, ni nadie la impedía. Hummel colgaba las toallas y la señora Bhaer preparaba ropa limpia como si allí nada ocurriera. Más aún, la misma señora echó a correr tras un chico y le disparó la almohada que el audaz le lanzara.
-¿No se harán daño? -preguntó Nat, riendo con ganas.
-Nunca. Los sábados por la noche les permitimos una batalla de almohadas; así reaccionan después del baño -contestó la señora Bhaer, ordenando doce pares de zapatos.
-¡Qué escuela tan bonita es esta! -exclamó Nat.
-Es muy original-replicó, risueña, la señora-. Ya verás que no moles­tamos a los niños con estudio excesivo ni con normas rigurosas. Al principio prohibí las batallas de almohadas; cuando me convencí de que iba a ser difícil que me obedecieran, hice un trato; les permití batallar quince minutos todos los sábados a cambio de que los demás días se acostasen tranquila y formalmente.


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