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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.7

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-¡Muy bien! ¡Pero muy bien! -exclamó Tommy, que consideraba ya a Nat como a su "protegido".
-Serás el primer violín de mi orquesta -añadió Franz.
-Teddy está en lo cierto; este niño tiene corazón de artista -insinuó la señora Bhaer, dirigiéndose a su esposo. Este, acariciando al pequeño músico, exclamó:
-Tocas muy bien, hijito. Ahora ven y acompaña algo, para que cantemos.
El instante más hermoso y feliz de la vida del infeliz niño fue cuando se vio en la plataforma, junto al piano; los chicuelos le rodearon sin fijarse en su pobreza, antes bien, mirándole con respeto y deseando oírle tocar de nuevo.
Eligieron una canción conocida, y tras varias salidas en falso, violín, flauta y piano sonaron acompañados por un coro de voces infantiles que hizo retemblar la habitación.
Aquello fue demasiado para Nat; cuando el coro terminó, soltó el violín, y volviéndose hacia la pared, rompió a llorar.
-¿Qué te pasa, hijo mío? -preguntó la señora Bhaer.
-No lo sé... Ustedes son muy buenos... Esto es muy hermoso... Lloro sin poderlo remediar... -contestó el chico, sollozando y tosiendo hasta perder el aliento.
-Ven, hijito; necesitas acostarte y descansar; estás muy fatigado ­murmuró la buena señora dejándolo llorar tranquilamente.
Luego, le pidió que le contase sus penas, y, muy conmovida, escuchó la triste historia del huérfano.
-Bueno, hijo mío -le dijo-; aquí tienes ya padre y hogar. No pienses en el pasado; ya tus penas han concluido; esta casa se ha hecho para que los niños disfruten de alegría y aprendan a ser hombres de provecho. Aquí tendrás cuanta música apetezcas, pero ante todo tienes que curarte. Vamos a buscar a la niñera; te bañaré, te acostarás en seguida, y mañana formaremos un plan de vida; no te preocupes.
Nat besó la mano de su protectora y se dejó llevar a otra amplia habitación, donde encontraron a una alemana corpulenta y mofletuda, tocada con blanquísima cofia.
-Esta es la niñera Hummel; verás cómo te da un baño, te corta el pelo y te deja "como nuevo", según dice Rob. Mira el cuarto de baño; los sábados damos un fregote a los pequeños primero, y luego los acostamos antes de que los mayores vengan a alborotar. Roberto estará a tu lado.
Mientras hablaba, la señora Bhaer desnudó a Rob y lo zambulló en uno de los dos baños grandes, que, en unión de jofainas, aparatos de duchas, baños de pies, etc.


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