Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.4
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-Tommy nunca usa zapatillas; te estarán un poco grandes, pero no importa, así no podrás escaparte de casa.
-Señora, no pienso escaparme -respondió Nat.
El señor Bhaer estudió detenidamente lo encendido de los pómulos, lo seco de los labios, lo hundido del pecho y lo ronco de la tos del niño y después de cambiar significativas miradas con su esposa, dijo:
-Robin, hijo mío, ve y pídele a la niñera el frasco del jarabe para la tos, y el linimento.
Nat se asustó un poco con tales preparativos; pero se tranquilizó cuando el señor Bhaer le dijo por lo bajó:
-Fíjate en que el bribonzuelo de Teddy está haciendo esfuerzos para toser. Sabe que es muy dulce el jarabe que voy a darte y quiere probarlo.
Aún no había terminado la primera cura, cuando sonaron varias campanadas, seguidas de ruidoso pataleo. Había llegado la hora de comer.
Doce niños se hallaban a cada uno de los lados de la mesa, haciendo cabriolas de impaciencia junto a sus respectivas sillas; el flautista procuraba llamarlos al orden. Nadie se sentó hasta tanto la mamá tomó su asiento, cerca de la gran tetera, teniendo a Teddy a la izquierda y a Nat a la derecha.
-Este es nuestro nuevo huésped, Nathaniel Blake -anunció la señora. Después de comer lo saludaréis. Ahora, niños, silencio y calma.
El matrimonio Bhaer procuraba, y generalmente lo conseguía, que los
chicos guardasen compostura durante las comidas. Lo mandaban poco y se hacían obedecer. Mas como hace falta de vez en cuando dejar que los pequeños se expansionen a sus anchas, todos los sábados por la noche se les concedía un rato de completa expansión.
-¡Pobrecillos! Hay que concederles siquiera un día para que griten, brinquen y jueguen a sus anchas, sin trabas ni restricciones. Sin completa libertad, no hay fiesta completa-solía exclamar la señora Bhaer, cuando veía que algunas personas se asombraban de que se consintiese a los niños cabalgar sobre los pasamanos de la escalera, arrojarse almohadas y cometer otros excesos.
Aprovechando un momento en que todos reían, Nat preguntó a su vecino:
-¿Quién es el que está en el extremo de la mesa junto a una niña?...
-Medio-Brooke, un sobrino de los dueños de casa.
-¿Medio-Brooke?... ¡Qué nombre tan raro!
-No se llama así; se llama Juan Brooke, pero como su padre, que es un hombre, se llama también Juan, para no confundir al chico con el grande le llamamos Medio-Brooke.
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