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Hombrecitos (Louisa May Alcott) - pág.3

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-Esto es lo más bonito que hay en el mundo, ¿verdad, Medio-Brooke? -habló Daisy, que siempre juzgaba a su hermano como alta autoridad en todas las materias.
-No; Groenlandia, por tener montañas de hielo y focas, debe ser más bonito; con todo, me agrada Plumfield -contestó Medio-Brooke, que, por entonces, estaba consagrado a la lectura de narraciones; y ya se disponía a enseñar y a explicar las estampas del libro, cuando volvió la sirvienta y dijo a Nat:
-Está bien; espera.
-Me alegro, ahora viene la tía Jo -dijo Daisy, tomando a Nat, protectoramente, de la mano.
Medio-Brooke volvió a dedicarse a la lectura; su hermana llevó al niño nuevo a una habitación interior donde un caballero corpulento retozaba en el sofá con dos chiquitines; junto a él, una señora delgada terminaba de leer, por segunda vez, la carta de presentación del huésped.
-¡Aquí está, tía! -exclamó Daisy.
-¿Es éste mi nuevo niño? Me alegro mucho de verte aquí y deseo y espero que te encuentres satisfecho -dijo la señora, acariciando al muchachito, que se sintió conmovido.
La señora no era bella; pero en el semblante, en las miradas, en el gesto, en los ademanes y en las inflexiones de. la voz, tenía algo muy difícil de describir, pero muy fácil de ver y sentir; algo atrayente, afectuoso, simpático, agradable; algo "alegre" como decían los sobrinos.
La amable dama, acariciando a Nat, vio que temblaba, y se conmovió al notar la emoción del chico.
-Yo soy -le dijo-mamá Bhaer; este señor es papá Bhaer, y esos dos pequeñuelos son nuestros hijitos. Venid acá.
El corpulento señor se acercó, conduciendo a los dos pequeñines. Rob y Teddy, que saludaron a Nat haciendo una mueca. El papá dio un apretón
de manos al visitante, y, ofreciéndole una silla baja junto a la lumbre, le dijo:
-Siéntate, hijo mío, y caliéntate; vienes empapado.
-¿Empapado?... ¡Pobrecito! -murmuró la mamá-. Vete desnudando,
mientras yo te traigo ropa para que te cambies.
Y como lo dijo lo hizo; poco después se encontró Nat cómodamente instalado cerca del fuego, y bien abrigado con excelente ropa.
La señora le ofreció unas zapatillas de abrigo, no sin preguntar antes a Tommy si las necesitaba.
-No, tía Jo, muchas gracias -contestó afectuosamente el dueño de las zapatillas.
La tía Jo pagó con una mirada de cariño la atención de Tommy, y luego, dirigiéndose a Nat, exclamó:


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