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La fiesta de los cubiertos (Louisa May Alcott) - pág.9

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Al oírse tales rumores, hubo un gran alboroto en el comedor, mientras cada cuchara, tenedor, plato y servilleta volaba de vuelta a su sitio. Encurtido se precipitó al frasco, donde se zambulló de cabeza sin parar mientes en su espalda; la señorita Mostaza se retiró a la vinagrera; los mellizos se introdujeron de prisa en el salero, y los perros de plata se tendieron junto al cuchillo y tenedor de trinchar, tan quietos como si jamás hubieran movido una pata; el Abuelo fue lentamente a reposar en su sitio habitual; doña Cucharón para Salsa siguió su ejemplo dignamen-te; las cucharitas de té treparon al envase entre grititos de alarma, y Dientes se quedó para ayudarlas hasta que apenas le quedó tiempo para echarse en el sitio de Tony, donde quedó con su pierna doblada al aire, única señal de su caída, de la cual habló durante mucho tiempo. Todo quedó en orden, salvo la cuchara para salsa, que se detuvo a reírse del mandarín hasta que fue demasiado tarde para llegar a su rincón, de manera que antes de que lograra ocultarse, llegó John y la sorprendió en medio de la mesa, muy vulgar y deslucida entre tanta platería brillante.
-¿Qué hace allí esa cuchara vieja? La señora le ordenó a Norah que la guardara en la cocina, puesto que hoy le regalaron una nueva... de modo que, ¡fuera! -exclamó John, al tiempo que arrojaba la cuchara por el conducto, desterrándola para siempre de la buena sociedad que no supo valorar como debía.
Tony vio el destello de una sonrisa en la cara del Abuelo Cucharón, pero desapareció como un relámpago, y cuando el muchacho llegó a la mesa, no vio en el cuenco de plata otra cosa que su propio rostro rosado y de expresión maravillada.
-No creo que nadie dé crédito a lo que vi, pero me propongo contarlo, pues fue muy curioso -declaró mientras contemplaba la escena de la fiesta reciente, tan ordenada y tranquila ahora, sin que una arruga ni una miga delataran lo que acababa de ocurrir.
Después de recobrar apresurado su bolita perdida, la cabeza de la muñeca y el dedal de Norah, subió pensativo a recibir a sus primos, aún absorto por tan extraño suceso.
Pronto fue anunciada la cena, durante cuyo transcurso todos estuvieron muy ocupados consumiendo los sabrosos manjares y no advirtieron lo quieto que estaba Tony, tan bullanguero por lo general.


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