La fiesta de los cubiertos (Louisa May Alcott) - pág.8
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-¿En qué pensabas en ese horrible lugar? -inquirió uno de los mellizos.
-Pensé en algo que oí contar una vez al amo, acerca de un niño a quien un día de frío encontraron sentado, con los pies sobre un diario, y cuando le preguntaron qué hacía, respondió : "Me caliento los pies con el Fuego Cristiano". Tenía la esperanza de que esa reja de calefacción fuera lo bastante cristiana como para no fundirme antes de que acudieran en mi ayuda. ¡Ja, ja! ¿Se dan cuenta de la broma? -río Dientes, con tanta alegría como si nunca hubiera caído de cabeza en un volcán.
-¿Qué viste allá abajo? -quiso saber el otro mellizo, curioso como todos los pequeños.
-Mucho polvo y alfileres, una cabeza de muñeca, el dedal de Norah y la bolita
grande, roja, que Tony reclamaba tan furioso el otro día. Es un verdadero depósito, que demuestra cómo todos esquivan el trabajo en esta casa -replicó Dientes, estirando las piernas, algo lastimadas por la caída.
-¿Qué haremos con respecto a los platos? -preguntó Encurtidos desde su lecho.
-Dejémoslos allí, ya que no podemos repararlos. John creerá que el muchacho los rompió, y será castigado como merece, pues ayer rompió un vaso y lo escondió a hurtadillas en el barril de los desperdicios -propuso vengativamente doña Mostaza.
-Oigan, eso es una maldad -comenzó Tony, pero nadie lo escuchó.
Dientes no tardó en responder valerosamente
-Soy un caballero y no permito que otros carguen con la culpa de mis errores. Tony ya tiene que responder por muchos propios...
"Guardaré para mí ese tenedor doblado, y haré que John lo mantenga brillante como una moneda de medio dólar. Dientes es una excelente persona, y ojalá pudiera decírselo", se dijo Tony, muy satisfecho ante comportamiento tan caballeresco.
-Muy bien, nieto. Estoy complacido contigo, pero permíteme sugerir que solicitemos cortésmente al mandarín chino de la chimenea que repare los platos. Sabe hacerlo muy bien y estoy seguro de que nos complacerá con gusto.
La sugerencia del Abuelo era muy buena. Yam Ki Lo, que consintió enseguida, se deslizó al suelo, tocó los trozos de porcelana con su abanico, y en un abrir y cerrar de ojos volvió a su estante, dejando atrás dos platos enteros, pues era un mago y sabía todo lo relativo a la porcelana.
En el preciso momento en que los cubiertos se regocijaban por la solución del problema, dio la hora el reloj, tintineó una campana, se oyeron voces arriba, y resultó evidente que la familia acababa de llegar.
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