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La fiesta de los cubiertos (Louisa May Alcott) - pág.7

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Enseguida todos se detuvieron y se apiñaron en el borde, para ver si alguien había resultado muerto. Los platos estaban en pedazos; el viejo Encurtidos gemía lúgubremente, con la espalda doblada, y Dientes había caído por la reja de calefacción.
Ante tan espantoso espectáculo, se elevaron lamentos desesperados, pues era el favorito de todos, y tan trágica muerte era excesiva para algunas cucharas de tierno corazón, que se desmayaron al pensar en tan gallardo tenedor, destruido en lo que para ellas era un fogoso volcán.
-¡ Encurtidos se lo merece ! Debía saber que era demasiado viejo para esos juegos ­rezongó doña Mostaza, mientras observaba ansiosa a su amigo, pues ambos se estimaban pese a sus disputas.
-A ver qué hace en un momento de apuro esta gente tan fina. Me imagino que no

sabrán valerse, y merecen lo que les sucede -declaró la cuchara para salsa, que estuvo a punto de derribar a los dos mellizos, al abrirse paso hasta el frente para burlarse de los accidentados.
-Comprobará que la gente de bien es tan valiente corno los ruidosos -repuso doña Cucharón para Salsa, -que inclinándose por el borde de la mesa, agregó con dulce voz
-Querido señor Encurtidos, tenderemos una servilleta para alzarlo si tiene fuerzas como para sujetarse.
-Tire no más, señora -gimió Encurtidos, que gracias a la presencia de ánimo de la cuchara, no tardó en estar fuera de peligro sobre un montón de esterillas, mientras Mostaza le ponía una compresa en la espalda herida.
Mientras tanto, el abuelo Cucharón se había deslizado de la mesa, a una silla, y de allí al piso sin sacudir demasiado su viejo cuerpo. Luego, deslizándose por la alfombra, llegó a la reja de calefacción y, asomándose a ese negro y caluroso abismo, gritó mientras todos esperaban la respuesta.
-Dientes, hijo mío, ¿estás allí?
-Sí, señor; estoy sujeto en la pantalla de tela metálica. Que algunos de nuestros amigos me ayuden a salir antes que me funda -respondió el tenedor, con un jadeo agónico.
Al instante, el patriarcal Cucharón tendió su largo mango para rescatarlo, y tras un momento de suspenso, mientras Dientes se sujetaba con
fuerza, salió al fin, acalorado y sucio, pero sin más daños. Los recibió una aclamación, y todos echaron mano a la servilleta para alzarlos a la mesa, donde sus parientes y amigos los abrazaron, jubilosos.


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