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La fiesta de los cubiertos (Louisa May Alcott) - pág.6

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Así siguieron hasta que las rebanadas de pan quedaron gastadas, y uno o dos vuelcos alarmaron a las damas; entonces descansaron y volvieron a conversar. Las mamás hablaron de sus hijos; de cuánta falta. le hacía un forro nuevo a la cesta de los cubiertos, y qué servirían para la cena. Las cucharitas para té susurraron dulcemente entre sí, tal como las damas jóvenes: una declaraba que el rojo de pulir ya no era lo mismo que antes; otra se lamentaba del mal efecto que eso causaba en su tez, y todas sonreían amablemente a los tenedores, que discutían de vinos y cigarros, puesto que unos y otros habitaban en el aparador y eran sacados después de la cena. Por tal motivo, los tenedores sabían mucho acerca de tales temas, que hallaban muy interesantes, como todos los caballeros.
Alguien no tardó en mencionar las bicicletas, y los hermosos paseos descriptos por los niños de la familia. Los demás propusieron una carrera, y antes de que Tony pudiera captar tal posibilidad, estuvo realizada. Nada más fácil, puesto que a mano había una pila de platos, y bastó ponerlos de canto para que los tenedores los montaran y las grandes ruedas salieron girando, como si súbitamente acabara de llegar un club de ciclistas completo.
El viejo Encurtidos tomó el plato del bebé, que se ajustaba mejor a su tamaño. Las cucharitas para sal confeccionaron un triciclo con servilleteros, y partieron muy alegres, seguidas por los perros que ladraban. El mismo tenedor de trinchar, pese a no haber sido invitado, no pudo resistir aquel interesante deporte, y luego de enderezar la fuente de pan, partió a gran velocidad, pues sus dos dientes eran mejor que cuatro y su rueda de madera más liviana que las de porcelana. El Abuelo Cucharón los alentó como caballero educado que era, dado que, aunque la nueva moda lo asombraba un poco, le agradaban muchos deportes y habría tomado parte en esto de habérselo permitido su dignidad y sus años. Las damas aplaudieron al unísono, puesto que en realidad era sumamente divertido ver catorce tenedores que, montados en platos, corrían a lo largo de la mesa entre exclamaciones de: "¡Vamos, Encurtido ! ¡Adelante, Dientes ! ¡Firme, Gorra de Plata! ¡ Muy bien por los mellizos!"
La diversión estaba en su apogeo cuando el joven Dientes chocó contra Encurtidos, que no sabía conducir, y ambos cayeron de la mesa con estrépito.


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