La fiesta de los cubiertos (Louisa May Alcott) - pág.5
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Aquí, en América, todos nos arreglamos como podemos con nuestros modales y para ganar dinero. Yo no me detengo a preguntar en qué plato serviré; lo único que hago es introducirme y sacar todo lo que puedo, sin que me importe si brillo o no. Mi abuelo era una cuchara de cocina, pero yo, gracias a mi capa metálica, soy más brillante que él, y me siento tan valiosa como cualquiera, pese a no tener cabezas de ciervos ni letras grandes en mi mango.
Nadie respondió a tan impertinentes comentarios de la cuchara de salsa, pues todos sabían que no era de plata pura y que sólo se la utilizaba de manera ocasional, cuando hacían falta muchos cubiertos. Tony se avergonzó de oírla dirigirse así a la platería de la cual estaba tan orgulloso, y resolvió darle una buena sacudida cuando se sirviera salsa de arándanos. Siguió un sugestivo silencio, hasta que el reloj dio la hora y un vivaz tenedor exclamó
-Todos están paseando en trineo... ¿ Por qué no participamos aquí de la diversión? Está muy de moda este invierno, y les aseguro que lo hacen damas y caballeros de las mejores familias.
-¡Lo haremos! -exclamaron los demás tenedores, y como las matronas no objetaron, todos pusieron manos a la obra a fin de preparar la mesa para tan agradable deporte.
Tony se irguió para ver cómo se arreglarían, y quedó atónito ante el ingenio de los cubiertos. Corrían de un lado a otro entre tintineos y traqueteos, arrastrando consigo las blancas esterillas. Apoyaron las más grandes contra la vinagrera, y tendieron las demás en una larga cuesta hasta el borde de la tabla, donde un montón de servilletas formaba un ventisquero.
"¿Con qué harán los trineos?" preguntóse Tony, que enseguida río al verlos tomar las tajadas de pan servidas en cada lugar; subirse y lanzarse, dispersando migas como copos de nieve y riendo al caer en el blanco montón, al pie de la cuesta.
"¡Ya les ajustará cuentas John si llega a sorprenderlos desarreglando su mesa bien puesta!". díjose el muchacho. esperando que nada pusiera fin a tan alegres juegos. Por eso se mantuvo muy quieto, mientras contemplaba las subidas y bajadas de tenedores y cucharas. Las cucharitas de sal se apoderaron de la tajada correspondiente a la pequeña Nell y lo pasaron muy bien en una corta bajada propia, hecha con una esterilla sujetada por el Abuelo, que sonreía con benevolencia, ya que era demasiado viejo y pesado para participar en los juegos.
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