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Excursión accidentada (Louisa May Alcott) - pág.7

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Primero, el nuevo cocinero llenó el balde con nieve hasta que se disolvió en cantidad suficiente para mojar la harina: después agitó esta mezcla con una varilla de pino hasta que estuvo bastante espesa, y luego de extenderla sobre la tabla la puso a tostar delante de las brasas.
-Jamás quedará cocido...
-Como no puede darlo vuelta, no podrá tostarlo de ambos lados.
-Sea como sea, resultará incomible.
Y con estas sombrías predicciones, las muchachas se consolaban de su falta de habilidad.
Pero la torta se tostó bien; Tony supo darla vuelta hábilmente, con su cortaplumas y la varilla, y cuando quedó hecha, la cortó en trocitos, agregó jalea y la distribuyó sobre un antiguo Atlas. Y todos dijeron:
-¡De veras que está sabrosa!
Cocinaron dos más que para variar comieron con encurtidos; entonces todos quedaron satisfechos y, tras agradecer a Tony, empezaron a pensar en dormir.
-Pat habrá ido a casa para avisar que estamos todos bien, y mamá sabe que por una noche podemos salir del paso, así que -lo te preocupes, Gwen. En cambio, duerme un poco, que yo me tenderé sobre la alfombra para contemplar el fuego.
La despreocupada actitud de Mark no convenció a su hermana pero como no podía hacer otra cosa, se sometió e instaló a sus amigas con toda la comodidad posible.
Todos tenían abrigo en cantidad, así que las muchachas se acomodaron en los tres sillones grandes; Bob y Tony se envolvieron en la manta, con los pies hacia el fuego, y pronto roncaban como cazadores fatigados. Mark apoyó la cabeza en un tronco y en diez minutos quedó dormido, pese a su promesa de hacer de centinela.
El sillón de Gwen era el menos cómodo de los tres, y ella no pudo despreocuparse como los démás, sino que permaneció despierta, observando las llamas, contando las horas y preguntándose por qué nadie iría en su busca.
El viento soplaba con furia, la nieve azotaba las persianas, las ratas correteaban por los muros, y de vez en cuando alguna rama caía con estrépito sobre el tejado. Excitada pese a su cansancio, la pobre muchacha imaginaba toda clase de percances para Pat y los caballos, recordaba diversas historias de fantasmas que conocía, y se preguntaba si habría sido en una noche así cuando habían robado la casa de un vecino. Al fin, tan nerviosa se puso, que se tapó la cabeza y comenzó a contar hasta mil, pensando que cualquier cosa era preferible a tener que despertar a Mark y confesar su temor.


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