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Excursión accidentada (Louisa May Alcott) - pág.5

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Los demás estaban tan alegres, que transcurrieron una hora o dos con rapidez mientras gozaban del improvisado festín y jugaban. Gus les hizo recordar los inconvenientes de su situación, al bostezar quejumbroso:
-¡Qué sueño tengo! Quiero ir a la cama con mamá.
-¡Y yo también! -le hizo eco Rita, que cabeceaba desde hacía un rato y ansiaba tenderse a dormir con comodidad en cualquier parte.
-¡Son casi las ocho! ¡Por Júpite; cómo tarda ese viejo Pat...! ¿Se habrá visto en aprietos? No podemos hacer nada, de modo que nos conviene quedarnos quietos aquí -declaró Mark; que al consultar su reloj, comprendió que la broma era bastante seria.
-Será mejor que demos por terminado el día y nos vayamos todos a dormir. Pat podrá despertarnos a su llegada... ¡El frío da tanto sueño! -exclamó Bob, que al desperezarse estuvo a punto de partirse en dos.
-Que los pequeños duerman en el sofá... Están cansados de esperar, y será mejor que se entretengan así, en vez de agitarse. Vengan, Gus y Rita; tráiganse una almohada cada uno, que yo los cubriré con mi mantón.
En cuanto Gwen acomodó a los pequeños, éstos se durmieron en cinco minutos. Los demás resistieron valerosamente hasta las nueve; entonces quedaron consumidos los pedazos de vela, relatados todos los cuentos, perdido el encanto de nueces y manzanas, y todos los ánimos notablemente abatidos a causa del cansancio y el hambre.
-Me comí cinco manzanas, y sin embargo, quiero más. algo bueno, que satisfaga. ¿No podemos atrapar una rata y asarla? -repuso Bob, que era un muchacho robusto y ya estaba famélico.
-¿No queda nada en la casa? -inquirió Ruth, quien no se atrevía a comer nueces por temor a la indigestión.
-Que yo sepa, nada, salvo unos cuantos encurtidos en el depósito. Teníamos tantos, que mamá dejó algunos aquí -declaró Gwen que resolvió aprovisionar la casa antes de partir, el otoño venidero.
-Los encurtidos solos no sirven como alimento... Si tan sólo tuviéramos un bizcocho, no vendrían mal como condimento -aseveró Tony, con aire de un hombre que sabía lo que era vivir durante una semana con sopa de porotos quemada y hojuelas de cebada.
-En el galpón vi una barra de jabón blando. ¿Qué tal vendría eso con los encurtidos? -sugirió Bob, quien se sentía capaz de digerir el más grande y ácido de los pepinos.


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