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Excursión accidentada (Louisa May Alcott)

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Louisa May Alcott
Excursión accidentada


-Me parece que va a nevar. Sería mejor que postergaras tu salida en trineo, Gwen ­manifestó la señora Arnold, después de asomarse ansiosa para observar el cielo cubierto y las calles donde todavía se notaban las señales de la anterior tormenta invernal.

-Antes de esta noche, no, mamá; no nos importa que esté nublado; nos gusta, porque el reflejo del sol en la nieve nos enceguece al salir a campo abierto. Ya no podemos echarnos atrás, pues aquí viene Patrick con los muchachos.
Y Gwen bajó a la carrera para recibir al gran trineo, que en ese preciso momento llegaba cargado con cuatro alegres jovencitos.
-¡Vengan! -llamó su hermano Mark, al tiempo que empujaba a sus amigos a derecha e izquierda, a fin de hacer lugar para las cuatro niñas que debían completar el grupo.
-Patrick, ¿qué opina del tiempo? -preguntó desde la ventana la señora Arnold, indecisa todavía con respecto a la conveniencia de dejar salir a sus hijos, pues el padre había debido ausentarse después de hecho el plan.
-Verá, señora, es un lindísimo día, salvo por el viento, que resulta un poco frío en la nariz Tendré el ojo sobre los niños, y no habrá inconveniente alguno -replicó el viejo cochero, al tiempo que asomaba de su bufanda un rostro colorado y redondo, y palmeando en el hombro al pequeño Gus que, muy orgulloso en el asiento alto, em­puñaba el látigo.
-Cuídense, queridos, y vuelvan temprano.
Con tal consejo de despedida, la mamá cerró la ventana y contempló la partida de los pequeños, sin soñar siquiera lo que ocurriría antes de su regreso.
El viento era algo más que un "poco frío", puesto que cuando abandonaron la ciudad, soplaba a través del campo abierto en fuertes ráfagas, enrojeciendo las ocho pequeñas narices casi tanto como la del viejo Pat, que había pasado la noche en un velatorio y estaba todavía confuso por el exceso de whisky, aunque nadie lo sospe­chaba.
Los jovencitos gozaron enormemente arrojándose bolas de nieve, pues los montones, todavía recientes, proporcionaban nieve blanda, donde Mark, Bob y Tony ensayaron muchas refriegas amistosas, al subir laderas o detenerse para que descansaran los caballos, después de un rápido trote por un trecho llano. El pequeño Gus ayudó a conducir hasta que las manos le quedaron entumecidas a pesar de sus mitones rojos nuevos, y tuvo que descender entre las niñas, que estaban cómodamente acurrucadas bajo las batas calientes, contándose secretos, comiendo golosinas y riéndose de las diabluras de los más grandes.


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