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El estandarte de Beaumanoir (Louisa May Alcott) - pág.14

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-Da la vuelta y espántalo para este lado. Jamás yerro un tiro, así que esta noche comeremos como leyes -susurró Gastón, satisfecho de poder utilizar las almas de las cuales se habían provisto.
Hoel se alejó con cautela, y poco después, un rumor delató el cauteloso avance del ciervo. Pelo escapó antes de que le fuera lanzado un solo disparo, y los desilusionados cazadores lo siguieron largo rato, resueltos a no volver con las manos vacías. No obstante, se vieron obligados a abandonar, consolados en parte con un conejo, que Hoel se echó al hombro, mientras Gastón, olvidando su cautela, comenzaba a cantar una antigua canción bretona, aprendida de doña Gillián. Pelo no llegó más allá de los dos primeros versos, pues la estrofa fue concluida por una voz seguida de una carcajada y un familiar:
-¡Hola! ¡Hola!
-¡El guardabosque! -gritó Hoel, mientras Gastón se precipitaba de cabeza en el matorral de donde provenía aquel sonido, y donde halló en efecto al jovial guardabosque, que junto a un ciervo recién muerto, los esperaba pala recibirlos con los brazos abiertos.
-Señor, os enseñé a cazar al ciervo y al jabalí, y no a vuestros congéneres. Pero os perdono, pues lo hicisteis muy bien y tuve que correr de filme pala escapar -declaró sin dejar de reír.
-Pelo ¿cómo llegaste aquí? -exclamaron ambos jóvenes, muy excitados, pues se creía muerto a aquel hombre, junto con su anciano señor.
-Es un largo relato, pala el cual tengo una
respuesta breve y feliz... Venid a cenar conmigo, y os mostraré algo que alegrará vuestros corazones y vuestros ojos -repuso él, echándose al hombro la carga antes de abrir la marcha hacia una ermita abandonada, que ya sirviera de refugio para más de un fugitivo.
Durante el trayecto, Gastón relató su historia, agregando que Yvonne los aguardaba en el bosque.
-¡Valientes jóvenes! Y he aquí vuestra recompensa -anunció el guardabosque, al tiempo que abría la puerta y señalaba a un hombre que, con la cara pálida y la cabeza vendada, dormía tendido junto al fuego.
Era el conde, penosamente herido, pero vivo gracias a su devoto súbdito, que lo salvó una vez concluida la batalla, y que tras largas semanas de escondite, sufrimientos y ansiedades, lo había llevado tan cerca de su hogar.
No es necesario relatar el jubiloso encuentro de aquella noche, ni el regreso triunfal, pues aunque el castillo se hallaba en ruinas y las vidas seguían en peligro, estaban todos juntos, y las penurias sufridas volvían más sinceros y tiernos los lazos del amor y la lealtad entre nobles y humildes.


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